Una procesión permanente en clausura… Una tarde de Sábado Santo

Siempre he considerado necesario relacionar la espiritualidad de las cofradías de Semana Santa y la que se ha vivido y se vive en los ambientes monásticos y conventuales desde hace siglos. No lo digo porque las cofradías sean una clausura, ni mucho menos. Al revés, su vocación es bien contraria. Beben, sin embargo, de unas fuentes semejantes, de una actitud de meditación, penitencia y caridad, en torno a la muerte de Cristo en la cruz, de atención a los necesitados, pero también de herencia hacia la fe comunicada por los mayores. En mi condición de historiador, había escrito en 2005 un libro que se tituló “La procesión permanente de Pasión”, en el cual descubrí como autor y después a los lectores que se acercaron a sus páginas, ese ambiente de meditación que existía en las entonces numerosas clausuras vallisoletanas. Lo que pude experimentar el pasado Sábado Santo 2019 con la cofradía del Santo Entierro de Valladolid me confirmó, de manera vivencial, lo que había planteado como hipótesis y había llegado a concluir en aquel libro.

Debo aclarar que esta cofradía cada año invita a un amigo vinculado con la Semana Santa de la ciudad para participar en una procesión realmente emocionante: el Santo Entierro de Cristo, la devolución de la imagen del Cristo Yacente de Gregorio Fernández a la clausura de las madres cistercienses del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana. Existe, desde mi punto de vista, una interesante simbiosis entre esta cofradía nacida en Valladolid en 1930, hace noventa años y en pleno gobierno diocesano del arzobispo Remigio Gandásegui, y la propia comunidad de monjas, hijas de san Bernardo, el llamado “Doctor melifluo”. En toda esta trayectoria histórica, salvo alguna otra posibilidad que se planteó en los primeros tiempos, para la vida procesional de los cofrades del Santo Entierro resulta imprescindible la mencionada e impresionante imagen de Gregorio Fernández. Sin embargo, esto no podía ser un mero préstamo. Era menester una convivencia espiritual entre ambas partes. Hace muchos años, se empezó a realizar el Domingo de Resurrección esta devolución de manera solemne, en un amago procesional. Hoy cuenta con su propia liturgia.

Convenientemente ataviados, y con muchos gestos perfectamente estudiados, partimos de la iglesia del nuevo clasicismo, el desarrollado en el siglo XVIII, de este convento de Valladolid. La tarde de Sábado Santo era apacible aunque con algún viento que permitía un movimiento solemne de los paños, como se decía en los cortejos procesionales antiguos, paños enlutados con los cuales cada uno ocultábamos el traje de cada día para ser todos iguales pero en ocasión especial ante Cristo ya muerto, bajado de la cruz, depositado en un sudario y camino del sepulcro. Aquella procesión que ha abierto su circunferencia urbana,  todavía lo podía hacer mucho más por las calles de Valladolid, porque cuenta con características para ello. Es un cortejo de enterramiento, con paso lento y silencioso, roto en ocasiones por un desgarrado sonido de viento. Nuestro semblante era sereno y aventajado, esto último con respecto a los que hace más de veinte siglos protagonizaron aquel entierro de Cristo que resultó muy austero y casi clandestino: nuestra fe nos conduce a la vida, a la celebración de la Pascua.

Al llegar a la Plaza de Santa Ana, la palabra predicada tuvo su lugar, su espacio, su momento, gracias al ministerio pastoral de mi querido amigo y sacerdote Guillermo Camino. Esta Plaza es auténtico atrio del espacio monástico de siglos, antes de producirse la entrada en la clausura, que es sepultura de este Cristo Yacente que no volverá a salir a la calle hasta el año que viene por el comienzo de la primavera. Y de nuevo, la solemnidad, el silencio, para la entrada por la puerta reglar. Nosotros con él, encaminando nuestros pasos por el claustro, donde la luz de esa tarde apacible se ha escondido, solamente iluminada cada estancia por los faroles, con el arrastrar de los hábitos de la cofradía, casi más propios de los caballeros de las órdenes militares; con las sombras monacales, con las monjas vestidas con la solemnidad que proporciona la cogulla. Su trayectoria discurrió por el claustro procesional, que esta última ha sido la función que estos espacios han tenido en los conventos y monasterios, además de articular los lugares de convivencia y de celebración de la casa. Finalmente entramos en el coro bajo en el cual la imagen fue depositada en el suelo, mientras las monjas que conforman la comunidad se encontraban en cada uno de los sitiales de la sillería, espacio coral para la alabanza a Dios. Estamos dentro de la clausura, del otro lado de la reja que desde la iglesia habíamos contemplado.

Así pues, el historiador lo vivió con ojos de observación, apuntando cada gesto porque nosotros solamente trabajamos con algunas catas del pasado y para llegar a conclusiones debemos aprender a “pensar históricamente” con una nueva mirada. El cofrade se sentía en familia, en medio de sus hermanos de la cofradía del Santo Entierro que le habían invitado a compartir, en esa tarde, la intimidad de su vida de devoción más cercana, casi tocando cada uno de los poros de esa piel en madera del Cristo sufriente. El vallisoletano se veía confirmado en su percepción: esta es una ciudad bella que debemos saber descubrir, abarcar, comprender, leer en cada una de sus piedras; una ciudad de pequeños rincones, de grandes impresiones, de espacios ocultos. El cristiano había participado de una meditación sobre el mayor acto de amor que Dios ha tenido para con nosotros, un tiempo para el silencio, exterior e interior, casi para hacer aquello que nos recomienda el Evangelio en el principio de cada Cuaresma: cada vez que quieras orar a tu Padre que está en los cielos, no te muestres de pie en las Plazas y de pie, como rezan los hipócritas. Ellos ya han recibido su paga. Cuando quieras orar a tu Padre, busca tu cuarto, cierra la puerta y entra en lo secreto y tu Padre que ve en lo secreto, te lo recompensará.

El Cristo Yacente vuelve a su cuarto, en el secreto y silencio de su clausura, a la intimidad de su cofradía, bajo la custodia de quién lo encargó hace siglos, las monjas cistercienses de San Joaquín y Santa Ana, las hijas de San Bernardo. Les aseguro que cada vez que he pasado desde entonces por aquella Plaza, que entro en aquella iglesia, que observo esa puerta reglar, no puedo olvidar lo que contemplé y viví en la tarde del Sábado Santo de 2019. No solo doy testimonio de ello sino que especialmente me muestro agradecido a mis hermanos cofrades por haberlo vivido junto a ellos.

Javier Burrieza Sánchez
Profesor Titular Historia Moderna
Universidad de Valladolid

Trazado irregular

Queridos cofrades, queridos amigos

A lo largo de la vida el ser humano va creciendo física y psíquicamente. Desde el punto de vista físico ese cambio queda reflejado en aspectos externos como pueden ser la altura, el color del pelo, la masa muscular o la madurez en el rostro… Esos aspectos debemos de cuidarlos llevando una vida saludable, una buena alimentación, ejercicio físico.

A nivel psíquico también se evoluciona y se va teniendo conciencia de ese (nuevo) “yo” que estaba escondido y que empieza a salir a partir de la adolescencia, y es en ese punto cuando uno empieza a crecer como persona, si bien es cierto que esos primeros pasos requieren de un acompañamiento y cuidado constantes. ¿Y cómo cuidamos ese aspecto más interior? Con una vida saludable (interna), una buena alimentación (de espíritu) y ejercicio… mucho ejercicio (oración).

Lo malo es cuando se confunde (o se mezcla) lo externo con lo interno, pudiendo caer en el error de creer que una realidad externa alimenta nuestro espíritu casi tanto o más que un momento de oración en silencio. Son inseparables ambos aspectos, eso es evidente. Pero son realidades totalmente diferentes.

Raro es el camino de la madurez que seguimos en línea recta o en llano. La vida no es un trazado regular  (gracias a Dios). Tiene muchas curvas, y subidas, y bajadas, y más curvas…pero todo ello hacia una meta, un objetivo, el que cada uno se haya marcado. Es posible, casi con total seguridad, que para llegar a ese objetivo se modifique la ruta elegida en más de una ocasión. Unas veces por elección propia, otras por recomendación de alguien de confianza y otras por imposición o causa de fuerza mayor.

Así es el camino de nuestra querida Cofradía, un trazado irregular, con sus aspectos externos y sus aspectos internos y tienen los dos una importancia fundamental, y ambos por el mismo motivo: LA IDENTIDAD.

Por el qué se nos conoce, y cómo lo cuidemos es la base del camino hacia esa madurez. Cada Junta de Gobierno se marca sus objetivos, incluso diferenciándolos en cada legislatura. Y en cada momento se hace especial hincapié en algún aspecto, ya sea externo o interno. Pero sin perder un ápice de esa identidad.

En el momento actual que nos ha tocado vivir, momento de cambios y reformas, se hace aún más importante mantener la identidad de nuestros cultos y nuestras procesiones, siendo conscientes de quiénes somos y hasta dónde queremos (o podemos) llegar.

Es por ello que desde esta Junta de Gobierno os pedimos más que nunca trabajar juntos en ese camino, haciendo nuestros, con nuestra forma de ser y hacer, cada uno de los actos que realizamos y cada salida procesional, porque a cada uno se le ha dado no sólo un aspecto externo cuidado, sino un profundo sentido interno. Un por qué lo hacemos y lo sentimos así, tan nuestro.

La imagen del Yacente entrando por primera vez, desnudo, el primer día del triduo, en el interior de la iglesia, la oscuridad del templo de San Lorenzo durante el rezo de la XII estación del Ejercicio del Via Crucis del Viernes de Dolores, la imposición del sudario a Cristo Yacente tras la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor o ese recorrido, entre faroles alzados, de nuestro Titular por la penumbra de la clausura del convento… todos estos momentos forman parte de nuestra identidad, de nuestro crecimiento hacia la madurez como cofradía.

Habrá más reformas, habrá otras Juntas de Gobierno, seremos más o menos cofrades, pero siempre tendremos el mismo objetivo en el camino: mantener nuestra identidad. Y esto lo conseguiremos primero cuidando nuestro aspecto interno y externo como cofrades del Santo Entierro, de forma individual, para luego poder ponerlo en práctica en el conjunto de toda la Cofradía. Así una identidad de cofrade individual, surgida de unas bases comunes, se transforma en identidad de toda una Cofradía cuando se recorre el mismo camino junto a nuestro Señor Yacente.
                                     
                                                                                   Jesús González Expósito, Presidente



Disponer para Jesús un nuevo sepulcro

“Lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro nuevo”

Feliz y comprometido camino hacia la Pascua. Siempre en novedad hacia el sepulcro nuevo. En el contexto de las novedades que estas próximas semanas nos traen, no dejamos de solicitarnos la creatividad para acoger las iniciativas de la reorganización de la Semana Santa en Valladolid. De un modo especial sentimos que tradición y novedad van hermanadas en la Pascua de Cristo. Toda su Pascua es novedad: nuevo fue su sepulcro y nuevo quedará, nuevos su sudario y vendas y nuevas permanecerán, y seguirán marcadas por la novedad de la resurrección para siempre. Sentimos la lógica de que la continuidad nos dé seguridad, y a la vez sabemos que es necesario situarnos ante la novedad como quien integra, madura y avanza. La Pascua conlleva ese equilibrio. Y con ese deseo es bueno que acojamos esta próxima Pascua.

Pascua es novedad, y a la vez es continuidad del gran Misterio de la Vida. Continuidad cada domingo, pues en él se renueva la Pascua, y a la vez novedad, porque el Misterio de Cristo renueva la vida, su Espíritu que nos ayuda a situarnos ante el compromiso.

Jesús mismo vivió la Pascua en novedad. Nuevo era el pollino que estrenó en Ramos, nuevo el brindis convertido en sacramento en la Cena de Pascua. Nuevo será su sepulcro en medio de tanta rutina…en la violencia de su muerte. Los crucificados eran sometidos a una rutina, la de aquellos que bien sabían lo que hacían: el modo como eran crucificados, cómo se prolongaba su dolor, cómo eran desenclavados y despojados en fosas comunes. Para los discípulos amigos, la memoria de Jesús debía salir de esa rutina y recibir el honor de su veneración.  Tenía que ser sepultado en un sepulcro nuevo. De esta forma dieron también cumplimiento con total exactitud a la profecía de Isaías: (Is 53, 9)»Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte.» La esperanza en la resurrección guiaba aquella decisión, si el cuerpo de Jesús hubiera sido arrojado en una fosa común,  habría sido imposible verificar su resurrección, pero una tumba vacía sí que servía como una evidencia clara de la resurrección.

Así aquellos dos amigos fieles trasladaron el cuerpo de Jesús envuelto en una sábana hasta «un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno» (Jn 19, 41), excavado en la roca en un huerto cercano.  Diligentes y con premura ungieron el cuerpo antes de depositarlo en la tumba. Como era costumbre entre los judíos, lavaron el cuerpo  para después envolverlo en los lienzos con especias aromáticas. La iconografía del Santo Entierro ha guardado la memoria de los ungüentos utilizados:  la mirra y los áloes que había traído Nicodemo. Así al mezclar los lienzos con esta mixtura,   éstos quedaban pegados al cuerpo de Jesús formando una momia, tal y como se describe en el evangelio de Juan al referir el episodio de la resurrección de Lázaro. Llegados a este punto podríamos pensar que tal y como muestra nuestra imagen titular, el Santo Cristo representa el momento justo en que habiendo sido lavado el cuerpo acaba de ser colocado sobre el sudario. La santa cofradía inicial se dispondría a ungirlo. Acompaño en esta ocasión el presente saludo con dos imágenes de Raúl Berzosa, pintor contemporáneo, que nos muestra el doble ejercicio de aquellos primeros cofrades: colocar a Cristo en un sepulcro nuevo y ungirlo como Señor.

Puede resultar un ejercicio de piedad pensar qué de bueno le damos al Señor. Qué de buen perfume y aroma hay en nuestra vida para que sea nuevo ungüento que dignifique su espera de la mañana pascual. El propio Cristo nos dijo en la penúltima Cena, en Betania, que debemos ungir su santa presencia en los pobres, en los que se manifiesta su espera resucitadora de dignidad y justicia. ¿Cómo ungir al Ungido en sus ungidos? La respuesta es fácil: con la caridad que hace nuevas todas las cosas. Feliz y Santa Resurrección.

                                                                                               Guillermo Camino, Consiliario


Poema: “El Yacente de San Joaquín y Santa Ana”

Bajo una luz mortecina,
que cubre de emoción el templo,
en sus andas yace expuesto 
el Cristo del Santo Entierro.


Unos cofrades lo velan;
Luz tenue, olor a incienso…           
Un poeta se estremece
mientras escribe estos versos.


Mirando, señor tus ojos,
siento, que no soy nada,
solo un pobre hijo tuyo
que acude raudo a tu llamada.


Veo, en tu costado abierto,
como la sangre te mana,
por una lanzada infame,
sobrada de burla y saña.


Contemplo muy apenado,
esa figura acostada,
los pies y manos heridos, 
mientras…               
Reconforto mi alma. 


Los luceros de tu cara
entreabiertos me fascinan,
y la paz que veo en ti,
a mi espíritu…                     
Traen calma.


Vuelve a mi lado Dios mío,
 hazme ver, ¡como me amas!
en este templo sencillo,
 donde moran las “hermanas”.


Esto reflejó un poeta,
cuando en silencio velaba, 
al Cristo que yace muerto…         
En San Joaquín y Santa Ana.
                                     
Jesús Medina

(Derechos reservados)

Reflexión: vivir o ver morir

En mi primera procesión acompañando al Santo Entierro, invitado por esta cofradía, el Sábado Santo, al ser suspendida la del Jueves Santo, me impactó muy gratamente el recogimiento y silencio de los hermanos cofrades y sobre todo la introducción de la planta de procesión dentro del convento rodeando el claustro, con un silencio total y en penumbra, solo alumbrado por los faroles que acompañan la procesión, lo que invita a rememorar el acontecimiento sufrido y vivido por nuestro Señor. Esta entrega por nosotros, nos lleva también a resucitar con Él a una vida nueva.

Cristo ahora viviente en la hostia Santa, es el mismo Cristo yacente que se entregó por nosotros y permanece en los sagrarios hasta el final de los tiempos, para atender nuestros ruegos y necesidades. No está estático, muerto, sino vivo y resucitado, renovando toda nuestra vida espiritual de amor a Dios y a los hermanos.

Vivamos nuestro amor al yacente y resucitado, no solo una semana al año, sino que nos acerquemos a acompañarlo y adorarlo en el sagrario y en el hermano, que tenemos al lado y requiere nuestra atención. Siempre en la vida de cada uno de nosotros tenemos un momento de inflexión para darnos cuenta de cuánto necesitamos acercarnos a Jesús eucaristía.

Que vivamos intensamente esta próxima Semana Santa y que el resto del año le sigamos acompañando, velando y alumbrando al Cristo yacente y resucitado.

Abre Señor, nuestro Corazón, para que aceptemos las palabras de tu Hijo.

Fernando Alonso Ruiz de Gauna
Presidente diocesano de Adoración Nocturna Española

Quien yace: yacente

Entre las ocurrencias semánticas que nos sorprenden, está de moda forzar el género de algunos adjetivos como un modo de utilizar un lenguaje más inclusivo. No faltan las propuestas de su uso en el ámbito religioso y pastoral. Una recurrente vía intermedia es utilizar adjetivos epicenos, aquellos que sirven para sustantivos masculinos o femeninos con el mismo término, valga como ejemplo: YACENTE. O en forma sustantivada: el yacente y la yacente. No es mi pretensión hacer una reflexión sobre el lenguaje inclusivo, sino hablar de María, madre del yacente.

La Madre del Yacente, también se merece una consideración en nuestra Cofradía. La imagen mariana de la Dolorosa, la Soledad (en este año en que la Dolorosa de Pedro de Mena, ha vuelto a su Málaga natal) ha ido ampliando su presencia en nuestros cultos y en la escenografía pasionista del Templo. Quisiera invitaros a reflexionar sobre la imagen yacente de la propia María, algo no muy común en nuestra tierra (salvo Zamora) pero muy hispano.

El ámbito levantino español ha tenido un cuidado especial con este misterio bajo la denominación de la Dormición de María, aunque la Escritura guarda silencio al respecto y la Tradición se hace eco de noticias difusas. El silencio de Nazaret se prolongó tras la Pascua y Pentecostés. Su presencia en la Comunidad transcurrió callada como fuente fecunda escondida: Hortus conclusus, fons signatus (Ct 4, 12).

Nos resulta coherente que Juan no sólo la “Llevase a su casa” o “la tomase como algo propio”, hemos de entender que como hogar evangelizador, le acompañase en Jerusalén y según la tradición posteriormente en Éfeso, en donde se venera la Casa de María, un lugar sencillo que conservaba su memoria aún en épocas de menor tolerancia que la actualidad. La tradición la lleva de nuevo a Jerusalén, en donde su Hijo, que la había precedido en el Cielo, la esperaba con el mejor “lugar preparado”. Su Asunción es fiesta en la Orden del Cister, prosiguiendo la tradición francesa, que representa el paralelo a nuestra aportación hispana de la doctrina de la Inmaculada, si España es tierra de María, Francia es cielo para María.

Llegada la plenitud de la doctrina, el Papa Pío XII, declaró el dogma de la Asunción de María, en 1950, sin precisar en detalles de cuánto tiempo pasó entre su muerte y su tránsito al cielo, o si este tiempo fue inexistente, inmediato. Una piadosa tradición muy popular en el siglo XIV entendía que los discípulos, alertados de la inminencia de su Paso, volvieron a Jerusalén en donde asistieron a la Asunción a los cielos. Faltaba Santiago, ya martirizado, y el pertinaz Tomás, ahora en la lejana India, por lo que llegó tarde. El arte de la época difiere entre las versiones de la Dormición y la posterior Asunción, en el lecho y la versión de una Asunción más prolongada en el tiempo, al ser colocada en el Sepulcro…

La mayor parte de los teólogos actuales piensan que también Ella murió, pero, al igual que el Primogénito de entre los muertos, su muerte no podía rendir tributo al pecado, pues era la Inmaculada.

Tenemos constancia de que ya desde el siglo VI, se celebraba en Oriente la fiesta de la Dormición de la Virgen: un modo de expresar que se trató de un tránsito más parecido al sueño que a la muerte. Dejó esta tierra —como afirman algunos santos en un tránsito de amor.

A pesar del silencio de la Escritura, un pasaje del Apocalipsis deja entrever ese final glorioso de Nuestra Señora. Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas (Ap 12, 1).

El prefacio de la Solemnidad de la Asunción de María manifiesta la expresión del Magisterio que ve en esta escena, no sólo una descripción del triunfo final de la Iglesia, sino también una afirmación de la victoria de María (tipo y figura de la Iglesia) sobre la muerte. Motivados por la liturgia en la Misa de la Vigilia, aclamamos a Nuestra Señora con estas palabras: bienaventurada eres, María, porque hoy fuiste elevada sobre los coros de los ángeles y, juntamente con Cristo, has alcanzado el triunfo eterno.

Celebrar Victoria de la Pascua de Jesús nos invita a ensayar el canto de alegría por la Victoria de María en su Asunción. La iconografía de su tránsito, su imagen como Yacente, añade al modo de representar el santo silencio de Cristo en el Sepulcro, una serie de signos de fiesta: aparece vestida de gala, coronada, rodeado de flores… todos ellos son signos de las letanías lauretanas aclamadas desde la perspectiva de este Misterio. Acompaño este saludo, con la bella yacente, de las Capuchinas de Sevilla, aunque pocos lugares como Palma de Mallorca se convierte en torno al 15 de agosto en una fiesta hermosísima en torno al lecho de la Yacente, aclamado por doquier. Más que bella dormida.

La Yacente, duerme esperando su Victoria en los cielos, como ella esperamos ser moradores del Cielo. Feliz Pascua.

Guillermo Camino, Consiliario