Solemne Triduo en honor al Santo Cristo Yacente

Los próximos días 22, 23 y 24 de marzo (jueves, viernes y sábado) celebraremos Solemne Triduo en honor al Santo Cristo Yacente, nuestro titular, en la Iglesia del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana.

Predica el consiliario de la cofradía D. Guillermo Camino Beazcua.

22 de marzo – 20,00 h – Petición de la Sagrada Imagen a la Comunidad y Santa Misa.  Finalizada la Eucaristía se procederá a la bendición de las nuevas andas del Santo Cristo Yacente

23 de marzo – 20,30 h – Ejercicio del Vía Crucis de la Cofradía del Santo Entierro (salida procesional). En el templo de San Lorenzo se procederá al rezo de las Estaciones del Via Crucis con la simbología y teatralización de las Estaciones más relevantes. La última Estación se reza en la plaza de Santa Ana, ante el pueblo fiel que lleva velas iluminando a Cristo muerto. A la puerta de la Iglesia, que simula la entrada al sepulcro, se reza la XIV y última estación. La plaza estará a oscuras, sin alumbrado público.

24 de marzo – 20,00 h – Santa Misa de Comunión General de la Cofradía. Tras la Eucaristía se impondrá la medalla de la Cofradía a los nuevos cofrades y se entregarán los reconocimientos a los 25 y 50 años de permanencia en la Cofradía.

Oración a Cristo Yacente

Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte del
grano de trigo, te has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el
paso del tiempo hasta la eternidad.

Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano de trigo del
que procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo.
La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte, se ha hecho Palabra
cercana; te pones en nuestras manos y entras en nuestros corazones para que tu
Palabra crezca en nosotros y produzca fruto.

Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo, para que también
nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin de
que también nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a
amar cada vez más tu misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente
de ti, Pan del cielo.

Auxílianos para que seamos tu perfume y hagamos visible la huella de tu vida
en este mundo. Como el grano de trigo crece de la tierra como retoño y espiga,
tampoco tú podías permanecer en el sepulcro: el sepulcro está vacío porque él
–el Padre– no te «entregó a la muerte, ni tu carne conoció la corrupción»  Tú no has conocido la corrupción. Has
resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz que
podamos alegrarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al mundo, para ser
de este modo testigos de tu resurrección.

 (San Juan Pablo II)

Solemne Triduo en honor al Santo Cristo Yacente

Se celebrará los días 2, 3, 4 de marzo a las 20,45 h. en la Iglesia del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana.

Día 2 de marzo (jueves)- Petición de la Sagrada Imagen a la Comunidad y Santa Misa.

Día 3 de marzo (viernes)- Santa Misa.

Día 4 de marzo (sábado)- Santa Misa de Comunión General de la Cofradía.  Tras la Eucaristía se impondrá la medalla de la Cofradía, como cofrade de honor, al Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Luis Argüello, obispo auxiliar de nuestra Diócesis. A continuación se impondrá la medalla a los nuevos cofrades y se entregarán los reconocimientos a los cofrades que cumplan 25 y 50 años de permanencia en la Cofradía.

Predicará nuestro consiliario D. Guillermo Camino Beazcua, salvo el sábado, que lo hará D. Luis Argüello.

El Yacente más genial de Gregorio Fernández

Cristo yaciendo después de su Pasión. Es un tema muy tratado en nuestro país desde los años más estudiados de la cultura medieval. Pero, sin duda, si hay un escultor que profundizó en la imagen de un Salvador desamparado y muerto ese fue, sin duda, Gregorio Fernández que, no solo mejoró la obra de Gaspar Becerra, sino que firmó un importante número de Yacentes, a cual mejor… y extendió entre sus alumnos el amor y el cariño por ese Jesús en brazos de la muerte que, en tal trance, nos confirma que su obra redentora se cumplió plenamente.

¿Dónde se comprueba la más alta inspiración del artista?… Es difícil señalarlo. Gregorio Fernández esculpió el Yacente que el Duque de Lerma le encargó para la iglesia de San Pablo. Una figura de grandes proporciones esbelta y noble según las críticas de arte. Pero también dio vida, en la muerte, al Yacente que se conserva en el Museo Nacional de Escultura y que le pidió la Casa Profesa de la Compañía de Jesús. Una talla admirable. El que se puede admirar en la iglesia de San Miguel y San Julián que añade la curiosidad de poder contemplar el velo del paladar a través de la boca entreabierta.

Valladolid además cuenta con otros tres Yacentes considerados como autoría de Fernández: el del convento de Santa Catalina que es poco conocido; el del convento de Santa Isabel de Hungría, tampoco demasiado visitado y otro, de tamaño algo inferior al natural, fechado hacia 1627 y que fue encargado para el altar de una de las capillas laterales de la iglesia de San Pablo.

Yacentes que salieron de los talleres del Gregorio Fernández pero que se deben a sus alumnos y ayudantes son el de la Catedral de Segovia, el que se guarda en el convento de Santa Clara en Lerma, el de Medina de Pomar en la provincia de Burgos, el que se encuentra en el convento de los Capuchinos de El Pardo, el de las franciscanas descalzas en Monforte de Lemos (Lugo) o el de la Catedral de Astorga, en León.

El Cristo Yacente, al que rinde culto nuestra cofradía del Santo Entierro, obedece a un encargo del rey Felipe IV para, a su vez, regalárselo a las monjas del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana, de Valladolid, en cuyo Museo se encuentra todavía expuesto a la vista de quienes se sienten atraídos por una imagen tan perfecta. Es, en mi personal gusto, el mejor de todos los que, de una manera o de otra, se le atribuyen al genial escultor. Y como mi conocimiento de la escultura no va más allá de las emociones que su contemplación me producen, prefiero en este caso dar la palabra a quienes lo han estudiado a fondo. Dicen de él que “la figura de Cristo es sobria y desprende un hondo patetismo” y yo puedo añadir que es la talla de un Dios que no deja de serlo ni en la muerte.

La talla que sale del Monasterio para cruzar las calles de la ciudad durante la Semana de Pasión, regresa a su lugar en el Museo movido por una procesión que cubre la petición de la Iglesia de permanecer en tal fecha junto al Sepulcro. El pasado año, Jorge Mongil os escribió que “sois depositarios de la tradición que movieron aquellos primeros cristianos” refiriéndose a quienes, con José de Arimatea a la cabeza, desclavaron a Jesús de la Cruz y le enterraron posteriormente. Pues bien, vuestro acto-procesión es sin duda la mejor forma de permanecer, en el sepulcro, junto a un Cristo nunca tan grande como lo fue una vez muerto.

Impresionado por ese acto procesional de vuestra cofradía, para el libro “Eli, Eli… Guía Lírica de la Semana Santa de Valladolid”, redacté este poema que me atrevo a repetiros para honra del Cristo que regresa a su casa de todo el año y para vosotros que, como nuevos “arimateas”, le trasladáis procesionalmente hasta ese Museo-Sepulcro-Santuario que cuidan y vigilan las monjas del Real Monasterio. Dice así el poema:

El cuerpo está aún caliente, 
los labios a medio abrir, 
a medio cerrar los ojos, 
todo el pecho de marfil 
y en la llaga del costado 
un manantial carmesí… 
Como recién descendido 
o acabado de esculpir; 
como un árbol cincelado 
con aromas de jazmín, 
el Santo Cristo Yacente 
acostado de perfil 
va de Santa Ana al Museo, 
blanco sueño de alhelí, 
a hombros de sus cofrades, 
bajo la luz de un candil… 
Al frente vuela un querube, 
le acompaña un serafín 
y sólo suena el redoble 
desigual del tamboril… 
Jesús marcha a su sepulcro 
en andas de un palanquín 
y le lloran los luceros 
y le llora el añafil, 
le llora toda la plaza, 
le llora Valladolid 
y, en el alar de un tejado, 
también llora un colibrí… 
Jesús marcha a su sepulcro, 
se queda en su camarín 
y allí estará doce meses 
hasta que vuelva a morir… 
Se han apagado los cirios, 
la noche se ha vuelto gris, 
las azucenas se han muerto, 
se ha secado la raíz 
del espino que dio espinas 
al azotar su cerviz 
y en la huerta del convento 
floreció el toronjil… 

Ángel M. de Pablos