Disponer para Jesús un nuevo sepulcro

“Lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro nuevo”

Feliz y comprometido camino hacia la Pascua. Siempre en novedad hacia el sepulcro nuevo. En el contexto de las novedades que estas próximas semanas nos traen, no dejamos de solicitarnos la creatividad para acoger las iniciativas de la reorganización de la Semana Santa en Valladolid. De un modo especial sentimos que tradición y novedad van hermanadas en la Pascua de Cristo. Toda su Pascua es novedad: nuevo fue su sepulcro y nuevo quedará, nuevos su sudario y vendas y nuevas permanecerán, y seguirán marcadas por la novedad de la resurrección para siempre. Sentimos la lógica de que la continuidad nos dé seguridad, y a la vez sabemos que es necesario situarnos ante la novedad como quien integra, madura y avanza. La Pascua conlleva ese equilibrio. Y con ese deseo es bueno que acojamos esta próxima Pascua.

Pascua es novedad, y a la vez es continuidad del gran Misterio de la Vida. Continuidad cada domingo, pues en él se renueva la Pascua, y a la vez novedad, porque el Misterio de Cristo renueva la vida, su Espíritu que nos ayuda a situarnos ante el compromiso.

Jesús mismo vivió la Pascua en novedad. Nuevo era el pollino que estrenó en Ramos, nuevo el brindis convertido en sacramento en la Cena de Pascua. Nuevo será su sepulcro en medio de tanta rutina…en la violencia de su muerte. Los crucificados eran sometidos a una rutina, la de aquellos que bien sabían lo que hacían: el modo como eran crucificados, cómo se prolongaba su dolor, cómo eran desenclavados y despojados en fosas comunes. Para los discípulos amigos, la memoria de Jesús debía salir de esa rutina y recibir el honor de su veneración.  Tenía que ser sepultado en un sepulcro nuevo. De esta forma dieron también cumplimiento con total exactitud a la profecía de Isaías: (Is 53, 9)»Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte.» La esperanza en la resurrección guiaba aquella decisión, si el cuerpo de Jesús hubiera sido arrojado en una fosa común,  habría sido imposible verificar su resurrección, pero una tumba vacía sí que servía como una evidencia clara de la resurrección.

Así aquellos dos amigos fieles trasladaron el cuerpo de Jesús envuelto en una sábana hasta «un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno» (Jn 19, 41), excavado en la roca en un huerto cercano.  Diligentes y con premura ungieron el cuerpo antes de depositarlo en la tumba. Como era costumbre entre los judíos, lavaron el cuerpo  para después envolverlo en los lienzos con especias aromáticas. La iconografía del Santo Entierro ha guardado la memoria de los ungüentos utilizados:  la mirra y los áloes que había traído Nicodemo. Así al mezclar los lienzos con esta mixtura,   éstos quedaban pegados al cuerpo de Jesús formando una momia, tal y como se describe en el evangelio de Juan al referir el episodio de la resurrección de Lázaro. Llegados a este punto podríamos pensar que tal y como muestra nuestra imagen titular, el Santo Cristo representa el momento justo en que habiendo sido lavado el cuerpo acaba de ser colocado sobre el sudario. La santa cofradía inicial se dispondría a ungirlo. Acompaño en esta ocasión el presente saludo con dos imágenes de Raúl Berzosa, pintor contemporáneo, que nos muestra el doble ejercicio de aquellos primeros cofrades: colocar a Cristo en un sepulcro nuevo y ungirlo como Señor.

Puede resultar un ejercicio de piedad pensar qué de bueno le damos al Señor. Qué de buen perfume y aroma hay en nuestra vida para que sea nuevo ungüento que dignifique su espera de la mañana pascual. El propio Cristo nos dijo en la penúltima Cena, en Betania, que debemos ungir su santa presencia en los pobres, en los que se manifiesta su espera resucitadora de dignidad y justicia. ¿Cómo ungir al Ungido en sus ungidos? La respuesta es fácil: con la caridad que hace nuevas todas las cosas. Feliz y Santa Resurrección.

                                                                                               Guillermo Camino, Consiliario


Venimos a adorarlo

Así expresaron los Magos de Oriente, el sentido de su búsqueda y camino a Herodes. Peregrino en Colonia, junto a la tumba de los Santos Reyes Magos, recorría las naves de la catedral interpretando los mensajes de las Capillas laterales que guían, para poder decir como los Magos: Venimos a adorarlo. De la cuna, la casa de Belén o portal,  pasando por la casa de Betania, el Cenáculo, la peregrinación culmina con un grupo del Santo Entierro, bellísimo,  de composición y factura semejante al grupo de Juan de Juni, hoy en el Museo de San Gregorio.

Existe un precioso paralelismo entre los Magos y los compañeros fieles de Jesús. Nicodemo llevó una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume, todo un tesoro. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios.

Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos […] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En este momento en que algunos hablan de la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía. Así lo proclamamos gozosos en la adoración peregrina del Jueves Santo. Renovemos nuestro gesto de adoración.
En el camino de esta Cuaresma podemos compartir esta plegaria. Feliz Pascua 2017

ORACIÓN

Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro
has hecho tuya la muerte del grano de trigo,
te has hecho el grano de trigo que muere
y produce fruto con el paso del tiempo hasta la eternidad.
Desde el sepulcro iluminas para siempre
la promesa del grano de trigo
del que procede el verdadero maná,
el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo.
La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte,
se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos
y entras en nuestros corazones para que tu Palabra
crezca en nosotros y produzca fruto.
Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo,
para que también nosotros tengamos el valor
de perder nuestra vida para encontrarla;
a fin de que también nosotros confiemos
en la promesa del grano de trigo.
Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico
y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo.
Auxílianos para que seamos tu perfume
y hagamos visible la huella de tu vida en este mundo.
Como el grano de trigo crece de la tierra en espiga,
tampoco ,tú podías permanecer en el sepulcro:
el sepulcro está vacío porque el Padre
no te «entregó a la muerte,
ni tu carne conoció la corrupción»
 No, tú no has conocido la corrupción.
Has resucitado y has abierto el corazón de Dios
a la carne transformada.
Haz que podamos alegrarnos de esta esperanza
y llevarla gozosamente al mundo,
para ser de este modo testigos de tu resurrección.

Guillermo Camino Beazcua, Consiliario

Compendio de la Misericordia

Nuestra Cofradía acoge con la Iglesia el Año Jubilar de la Misericordia. El mensaje y la palabra, los gestos y signos manifestados por el Santo Padre Francisco, nos sirven de acicate para recordar cómo la tradición cofrade ha sabido aunar la compasión con los sentimientos de Cristo en su Pasión, Muerte y Resurrección, con la compasión hacia quienes hoy viven, sufren y padecen el dolor, la exclusión o cualquier forma de injusticia y agresión a su dignidad y derechos. Es conocido por todos cómo cada una de las antiguas Cofradías de nuestra ciudad asumía el ejercicio de una obra de misericordia: atención y educación de huérfanos, hospedaje para transeúntes, hospital, asilo… era la extensión caritativa de cada una de las Cofradías.

Con frecuencia este compromiso es reclamado por algunas voces para que en el siglo XXI las Cofradías cumplan una función no sólo cultual. Siempre hay espacio para el compromiso personal y de modo particular podemos preguntarnos qué y cómo, podemos hacer para manifestar un actuar misericordioso.

Cuando de pequeños aprendíamos el elenco de las obras de misericordia corporales y espirituales, aprendíamos a enunciarlas de carrerilla y quizá de modo individualizado. Es bueno recordar que las obras de misericordia siempre tienden un puente entre ellas y aunque visibilizan una sensibilidad o carisma especial hacia una forma de dolor o exclusión, lo importante es el talante de quien es misericordioso, luego vendrá el modo de manifestarlo. En dicho elenco de obras de misericordia corporales, todos sabemos que culmina con el dar eterno descanso. Es por suerte para nuestra particular advocación, lo que manifestaron los amigos y seguidores de Jesús: dar a Cristo sepultura. El tema tiene su profundidad… Quizá algunos conozcáis el Hospital de la Caridad en Sevilla. En su templo aparecen representadas alegorías de las siete obras de misericordia, con motivos extraídos de la Escritura. El retablo principal presenta la última de las Obras bajo la forma del Santo Entierro, que tan bellamente esculpió Pedro Roldán. Es un ejemplo que nos expresa la ligazón entre las obras de misericordia y cómo éstas culminan en el Misterio que expresa el Santo Entierro del Cristo Yacente. ¿Qué podemos aprender de su contemplación?

En primer lugar, dar cristiana sepultura es una confesión de esperanza. No es guardar un cuerpo para el recuerdo como hacía la cultura romana, sino sembrarlo para la inmortalidad, creyendo conforme a nuestra fe, que lo mismo que el Cuerpo de Cristo fue sepultado, también nuestro ser resucitará con Él glorioso en cuerpo y alma. En el Entierro de Cristo se cumplieron otras obras de Misericordia: Nicodemo y las mujeres velaron su cuerpo desnudo arrancado de la cruz y vestido con un epitaphion de misericordia. María, también con lágrimas, entregó el agua que limpió y sació las heridas de quien poco antes exclamó: Tengo Sed; José de Arimatea acogió en una morada nueva de su pertenencia (sin saber que por tres días) al peregrino de Vida Nueva; las mujeres visitaron en la mañana de Resurrección a quien parecía que la cárcel de muerte tenía apresado. Y por ejercer la misericordia ¿qué ocurrió?: que ni sepultura, ni la cárcel, ni la desnudez, ni la herida, ni el tránsito, ni el hambre ni la sed vencieron a quien resucitaba para ser Alimento y Bebida de vida nueva, vestido glorioso, morada eterna, puerto seguro y fuente de salud y salvación para quien en Él pone la esperanza.

Tendremos tiempo en esta Semana Santa de poder reflexionarlo y compartirlo. Feliz Cuaresma, Pasión y Pascua en la Misericordia del Señor Jesús.

Guillermo Camino Beazcua, Consiliario


Santo Entierro. Pedro
Roldán. Hospital de la Caridad (Sevilla)