La experiencia vital en estos momentos del COVID-19

Esta situación de pandemia es tan extraña que nunca antes lo hubiésemos imaginado como posible en nuestras vidas, aun poniendo la mejor voluntad, persiste el estupor, se necesita tomar acopio de buen ánimo para la travesía del desierto, con baches de dolor y malestar por la situación, por la muerte de tantos, por las noticias de conocidos que nos dejaban.

Ante todo, nos ha hecho reflexionar y ver que todo lo que sabíamos, quedaba claro: el dinero las cosas materiales de repente perdían valor frente a hechos espirituales como la familia, los vínculos afectivos, la necesidad de ayudarnos unos para con otros. Para nuestra sorpresa, vimos como todos los hombres se veían obligados a vivir una cierta clausura en sus casas, o sea el confinamiento, para nosotras no ha sido difícil, es nuestra vida lo de siempre, aunque vivida con más pureza o intensidad volvimos a vivir solas y a solas con Dios.

En el inicio, ha sido como una especie de retiro continuo, sin contacto con el exterior, en una experiencia que nos hace entender la clausura como medida de protección de salud para nuestros cuerpos, lo que antes era de salud para nuestras almas. Con sorpresa vimos que los hombres podían vivir en Clausura, aunque con dolor y cansancio.

Este tiempo ha recalcado la necesidad de interceder por los otros; algo que siempre hacemos, ahora se hacía más intenso o necesario. La regla invita a tener presente la muerte cada día y esto se ha hecho una realidad. Hemos conocido de primera mano que estamos de paso en esta vida y en cualquier momento podemos partir.

Hemos sentido la necesidad de estar informadas, de hacernos presente, de recordar aquellos que trabajaban. Así nos apuntamos a la campaña “yo rezo por ti”; cada monja quedaba asignada para rezar por personas concretas que luchaban en primera línea, cada día hemos rezado por esas personas cercanas a la tragedia.

En octubre del año pasado, el virus entró en nuestra casa, de una manera involuntaria. Rápidamente nos avisaron, nos hicieron la prueba del positivo en casa, estábamos asustadas y nerviosas. De principio solo un positivo, la juniora Ana María, que quedaba confinada en la hospedería. Allí la llevábamos la comida con precaución y nulo acercamiento. Pero a los dos días dieron positivo, sor Natividad, asintomática, quien se recluyó en la habitación, sor Nieves, luego fue Perpetua, la Madre Celeste y por último yo, sor María Luisa. De todas, quién peor lo pasó fue la madre superiora; cuando vimos la gravedad, llamamos y tardaron en acercarse para hospitalizarla. Gracias a Dios, su situación mejoró y pudo volver a casa. Sor Nieves también fue ingresada y volvió sin fuerzas, sin estabilidad.

Desde entonces, esta situación no ha parado, por desgracia. Últimamente, rehuyo ver noticias, que en todo caso son malas, y que es un goteo de saber de personas conocidas sanas que poco a poco pasan por situaciones críticas, que van enfermando inesperadamente de COVID o no, de dolencias muy graves con desenlaces fatales. La muerte parece tener mucho trabajo, quizá ahora viene a la memoria el Cristo Yacente, imagen de Cristo inerte, sin vida; la muerte es un paso ineludible para todos nosotros; quizá lo mejor sea recordar la definición de Martín Descalzo, que la escribió en su libro testamento del Pájaro solitario. Cito de memoria:

Morir solo es morir, morir se acaba
es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba
ver el amor sin enigmas ni espejos.

Decía San Bernardo que Cristo, que fue nuestro Camino durante la Vida, se convertirá también en nuestro premio después de la muerte.

Que Dios conceda su descanso a los fallecidos, y a los vivos nos conceda vivir más auténticamente unidos a Él.

Sor María Luisa de Antonio

Carta del Presidente: Sonreir con los ojos

Queridos cofrades, queridos amigos.
No hace mucho hablábamos de la importancia de las nuevas tecnologías para la comunicación. La apuesta es definitiva por esta nueva forma de acercarnos los unos a los otros, ya sea a nivel personal o laboral.

Ante situaciones adversas siempre hay que intentar sobreponerse, reinventarse, buscar posibilidades… en definitiva se trata de no caer en derrotismos y buscar la oportunidad frente a la precariedad. Y esto es lo que está pasando en muchas situaciones, y en el ámbito de la comunicación así ha sido. Hasta los más reacios a usar las nuevas tecnologías han sucumbido ante la oportunidad de recibir una videollamada de sus seres queridos, y ya forma parte de su día a día, no sin antes haber recibido una buena dosis de clases avanzadas y de echar muchas horas de formación intensa. Otros han tenido que cambiar su forma de trabajo, su forma de vender o de enseñar, y todo ello partiendo de cero en muchas ocasiones.

Cuando estamos viendo una procesión, además de fijarnos en los hábitos, la banda o la talla, en ocasiones dirigimos nuestra mirada a los ojos de los cofrades que van con capirote, desfilando ante nosotros. Puede que sea por si reconocemos a alguien que nos devuelve la mirada, o por buscar una complicidad en el anonimato de la oración, pero existe ese cruce temporal de miradas.

Desde que empezó la pandemia llevamos una mascarilla (de mil y una variedades) que nos tapa toda la cara, salvo los ojos. El ser humano, cuando habla, usa aproximadamente 36 músculos. Con cada carcajada ponemos en marcha casi 400, 15 si sólo sonreímos… y todos esos músculos funcionando generan gestos que expresan aquello que estás diciendo o sintiendo.

En este aspecto también hemos tenido que reinventarnos, siendo ahora los ojos el espejo del alma (o la ventana del alma, como ya se ha dicho en alguna ocasión). Hemos tenido que aprender a hablar con los ojos, a transmitir sentimientos como la comprensión, la admiración, la sorpresa o el miedo con los ojos. Una expresión tan manida como “una mirada vale más que mil palabras” tiene hoy más sentido que nunca. Con los ojos transmitimos aquello que nuestros labios y mejillas no pueden reflejar. Hemos aprendido a sonreír (sólo) con los ojos.

Es cierto que nada de esto es nuevo, ya que el lenguaje de los ojos se estudia desde hace siglos, pero qué duda cabe que hoy está más actual que nunca y en nuestro día a día recibimos y dirigimos casi tantas miradas a los ojos como las que reciben esos cofrades anónimos que posesionan cada Semana Santa por nuestras calles.

No en vano, en muchos pasajes del Evangelio, se habla de la mirada de Jesús. Marcos nos cuenta como cuando un joven rico se dirigió a Jesús preguntándole que qué más le faltaba para ganar el Reino de los Cielos, toda vez que ya cumplía con los mandamientos: “Jesús fijó su mirada en él con amor, y le dijo: «Te falta una cosa. Anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme». Además de esa mirada de amor, descubrimos también ojos apenados de Jesús cuando, después de negarle Pedro por tercera vez, el Señor, dándose vuelta, miró a Pedro… Y Pedro, saliendo afuera, lloró amargamente, según nos dice en esta ocasión Lucas.

La importancia de una mirada sincera, de bondad, de cariño o de perdón son claves en nuestro día a día como cristianos y seguidores de ese Jesús que nos miraba antes y que lo sigue haciendo ahora, con sus ojos entre abiertos mientras yace ante nosotros, transmitiéndonos todo su amor y sacrificio.

Hoy debemos trasmitir su mirada a aquellos que nos rodean, sin esquivarla, aunque nos incomode los que nos dice en el silencio de la oración, de esa mirada hacia nuestro interior que tanto nos asusta.

Hoy somos nosotros los que, a través de nuestros ojos, podemos expresar nuestra felicidad de sentirnos mirados por Cristo, y debemos devolver esa mirada a nuestro alrededor, amando con nuestra visión, perdonando con nuestros ojos, abrazando y besando lo que nuestros brazos y labios no pueden hacer, con sólo una mirada.

Jesús González Expósito, Presidente