Quien yace: yacente

Entre las ocurrencias semánticas que nos sorprenden, está de moda forzar el género de algunos adjetivos como un modo de utilizar un lenguaje más inclusivo. No faltan las propuestas de su uso en el ámbito religioso y pastoral. Una recurrente vía intermedia es utilizar adjetivos epicenos, aquellos que sirven para sustantivos masculinos o femeninos con el mismo término, valga como ejemplo: YACENTE. O en forma sustantivada: el yacente y la yacente. No es mi pretensión hacer una reflexión sobre el lenguaje inclusivo, sino hablar de María, madre del yacente.

La Madre del Yacente, también se merece una consideración en nuestra Cofradía. La imagen mariana de la Dolorosa, la Soledad (en este año en que la Dolorosa de Pedro de Mena, ha vuelto a su Málaga natal) ha ido ampliando su presencia en nuestros cultos y en la escenografía pasionista del Templo. Quisiera invitaros a reflexionar sobre la imagen yacente de la propia María, algo no muy común en nuestra tierra (salvo Zamora) pero muy hispano.

El ámbito levantino español ha tenido un cuidado especial con este misterio bajo la denominación de la Dormición de María, aunque la Escritura guarda silencio al respecto y la Tradición se hace eco de noticias difusas. El silencio de Nazaret se prolongó tras la Pascua y Pentecostés. Su presencia en la Comunidad transcurrió callada como fuente fecunda escondida: Hortus conclusus, fons signatus (Ct 4, 12).

Nos resulta coherente que Juan no sólo la “Llevase a su casa” o “la tomase como algo propio”, hemos de entender que como hogar evangelizador, le acompañase en Jerusalén y según la tradición posteriormente en Éfeso, en donde se venera la Casa de María, un lugar sencillo que conservaba su memoria aún en épocas de menor tolerancia que la actualidad. La tradición la lleva de nuevo a Jerusalén, en donde su Hijo, que la había precedido en el Cielo, la esperaba con el mejor “lugar preparado”. Su Asunción es fiesta en la Orden del Cister, prosiguiendo la tradición francesa, que representa el paralelo a nuestra aportación hispana de la doctrina de la Inmaculada, si España es tierra de María, Francia es cielo para María.

Llegada la plenitud de la doctrina, el Papa Pío XII, declaró el dogma de la Asunción de María, en 1950, sin precisar en detalles de cuánto tiempo pasó entre su muerte y su tránsito al cielo, o si este tiempo fue inexistente, inmediato. Una piadosa tradición muy popular en el siglo XIV entendía que los discípulos, alertados de la inminencia de su Paso, volvieron a Jerusalén en donde asistieron a la Asunción a los cielos. Faltaba Santiago, ya martirizado, y el pertinaz Tomás, ahora en la lejana India, por lo que llegó tarde. El arte de la época difiere entre las versiones de la Dormición y la posterior Asunción, en el lecho y la versión de una Asunción más prolongada en el tiempo, al ser colocada en el Sepulcro…

La mayor parte de los teólogos actuales piensan que también Ella murió, pero, al igual que el Primogénito de entre los muertos, su muerte no podía rendir tributo al pecado, pues era la Inmaculada.

Tenemos constancia de que ya desde el siglo VI, se celebraba en Oriente la fiesta de la Dormición de la Virgen: un modo de expresar que se trató de un tránsito más parecido al sueño que a la muerte. Dejó esta tierra —como afirman algunos santos en un tránsito de amor.

A pesar del silencio de la Escritura, un pasaje del Apocalipsis deja entrever ese final glorioso de Nuestra Señora. Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas (Ap 12, 1).

El prefacio de la Solemnidad de la Asunción de María manifiesta la expresión del Magisterio que ve en esta escena, no sólo una descripción del triunfo final de la Iglesia, sino también una afirmación de la victoria de María (tipo y figura de la Iglesia) sobre la muerte. Motivados por la liturgia en la Misa de la Vigilia, aclamamos a Nuestra Señora con estas palabras: bienaventurada eres, María, porque hoy fuiste elevada sobre los coros de los ángeles y, juntamente con Cristo, has alcanzado el triunfo eterno.

Celebrar Victoria de la Pascua de Jesús nos invita a ensayar el canto de alegría por la Victoria de María en su Asunción. La iconografía de su tránsito, su imagen como Yacente, añade al modo de representar el santo silencio de Cristo en el Sepulcro, una serie de signos de fiesta: aparece vestida de gala, coronada, rodeado de flores… todos ellos son signos de las letanías lauretanas aclamadas desde la perspectiva de este Misterio. Acompaño este saludo, con la bella yacente, de las Capuchinas de Sevilla, aunque pocos lugares como Palma de Mallorca se convierte en torno al 15 de agosto en una fiesta hermosísima en torno al lecho de la Yacente, aclamado por doquier. Más que bella dormida.

La Yacente, duerme esperando su Victoria en los cielos, como ella esperamos ser moradores del Cielo. Feliz Pascua.

Guillermo Camino, Consiliario

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