Medio siglo peregrinando a Girón (1964-2014)

Se cumple en esta primavera de 2014 el cincuenta aniversario de la “Procesión de Girón”. Quedan muy pocos cofrades que puedan dar fe del origen de esta procesión y de cómo fue posible que en la noche del 26 de marzo de 1964 la Cofradía del Santo Entierro inaugurara una nueva procesión en la que la única talla era la de nuestro titular, el Cristo Yacente de Santa Ana. Cincuenta años en los que, salvo por los caprichosas lluvias de primavera, la cofradía no ha dejado de asistir puntualmente a su cita anual con los feligreses de la parroquia de San Pío X en el barrio de Girón en la noche del Jueves Santo. Oficialmente comenzó llamándose “Procesión de Penitencia del Santo Entierro” y así figuró en los programas oficiales hasta el año de 1975. Desde ese momento figura en los programas de Semana Santa como “Procesión del Santo Entierro”, pero para nosotros sigue siendo la “Procesión de Girón”.

En aquellos años, principios de los sesenta, la cofradía estaba saliendo del letargo que a punto estuvo de costarle la desaparición. Se había logrado superar la crisis de finales de los cincuenta y se buscaban fórmulas para revitalizarla y hacerla más visible en la ciudad. Es ese entorno en el que surge la idea de realizar una procesión propia, en la que la única figura fuera el Cristo Yacente. No se planteó como la Procesión de Regla de la cofradía, ni siquiera se tenía constancia de lo que significaba ese término. Simplemente se quiso hacer honor a la estación que le da nombre y para ello nada mejor que escenificar un entierro, similar a los que se celebraban en cualquier pueblo castellano de la época, con la peculiaridad de que se desarrollaría de noche. En esta escenificación el Monasterio de Santa Ana era la casa doliente y el barrio de Girón haría las veces de cementerio.

La configuración urbana del momento contribuyó a arropar esta idea. No se trataba de hacer una procesión por el casco urbano para que fuera vista por mucha gente. Se trataba de una procesión más íntima, en la que predominaba el sentimiento de recogimiento y de soledad. El itinerario era realmente sorprendente. Cuando todas las procesiones se desarrollaban dentro del casco histórico de la ciudad, salvo la de “los Luises” (Peregrinación de la Promesa) que el Martes Santo se dirigía a la Pilarica, la Cofradía del Santo Entierro tuvo la osadía de atravesar el Pisuerga, auténtica barrera física en aquel momento para los vallisoletanos, para llevar a uno de los barrios más distantes del centro un pasaje de la pasión de Cristo. La procesión salía de Santa Ana, descendía por la estrecha calle de San Lorenzo (muy diferente a la actual), daba la vuelta a la Plaza del Poniente, cruzaba el puente del mismo nombre y tras atravesar un auténtico descampado en el que no había viviendas, siguiendo una estrecha carretera sin arcén y prácticamente sin farolas, se llegaba al barrio de Girón. Estéticamente la estampa impresionaba y sobrecogía; en una carretera sin arcén y no muy bien asfaltada, en la oscuridad de la noche, una fila de cofrades de riguroso luto, iluminados con la tenue luz de un farol alumbraban un Cristo yacente muerto, teniendo como único fondo el ruido de las largas colas de los hábitos arrastrándose por la carretera.

Pese a lo inusual de la hora, no faltaba el acompañamiento del pueblo fiel, formado en su mayoría por personas adultas, en muchos casos con sus hijos mayores, ya que las costumbres y la moral de la época imponían que a esa hora no debía haber jovencitos por la calle. Eran numerosas las personas que presenciaban la procesión con respeto – durante años ésta era la única procesión que se desarrollaba a esta hora- y que acompañaban a la cofradía hasta el puente del Poniente, en su mayoría sin cruzarlo. A partir de dicho puente el público cambiaba, ya que, dependiendo de la climatología, era normal que la gente del barrio fuera al encuentro de la procesión acompañándole hasta la iglesia de Girón. En su interior se desarrollaba un Miserere solemne. En los primeros años la cofradía y la sagrada imagen accedían a la iglesia por la puerta lateral que se abre a la Plaza Porticada. El Cristo se situaba en el centro de la iglesia sobre unos bancos y se realizaba la ceremonia de adoración al Santísimo Sacramento.

Con el paso de los años la procesión fue sufriendo diversas modificaciones. A partir de la Semana Santa de 1989 se cambió el recorrido, de forma que la procesión discurría por María de Molina y Doctrinos para atravesar el Pisuerga por el puente de Isabel la Católica, avenida de José Luis Arrese, Vicente Mortes, avenida de los cerros hasta llegar a la Iglesia de San Pío X, regresando por el camino habitual, por el puente del Poniente. Este cambio desfiguró un tanto la imagen tradicional de la procesión, alargándola en extremo y pasándose a desarrollar por amplias avenidas muy iluminadas, en las que daba la impresión de que la cofradía estaba un tanto perdida. Coincidió este cambio con una disminución drástica de la presencia de las representaciones de otras cofradías y de fieles en el recorrido, no en la salida desde el Monasterio de Santa Ana, ya que en esos años comenzaron a proliferar un sinfín de procesiones convocadas a la misma hora. No obstante, lo que se perdió en el trazado se ganó en la organización del acto que se desarrollaba en el interior de la Iglesia. El Solemne Miserere se convirtió en un acto estéticamente bello, muy planificado y de hondo sentimiento. La cofradía entraba en procesión en el templo por la puerta principal y se acomodaba en los bancos que a todo lo largo del templo configuraban un pasillo, reservando el resto del espacio para el público acompañante. El Cristo portado a hombros y escoltado por la Guardia Civil preside el acto desde el presbiterio, desde cuyo ábside una coral entona el Salmo Miserere. Posteriormente se procedía a la adoración del Cristo yacente y tras unas sentidas palabras del entrañable D. José Luis, párroco de San Pío X , y nuevos cánticos penitenciales se terminaba el acto con la misma solemnidad, reorganizándose la planta de la procesión para regresar a Santa Ana. Desde el año 2009 se ha recuperado el trazado original, a través del puente del Poniente tanto a la ida como al regreso.

Es evidente que en estos cincuenta años han cambiado muchas cosas. Las manifestaciones externas de religiosidad ya no se viven de la misma manera, la sociedad está más desacralizada y Girón es un barrio con identidad propia integrado totalmente en la ciudad. En los últimos años en los foros semanasanteros se discute mucho sobre la necesidad de revisar y reorganizar la proliferación de procesiones en la Semana Santa y reorientar su sentido litúrgico o catequético. Pero con independencia de todas estas disquisiciones, lo que ha de predominar, en nuestro caso, es la idea de acompañamiento y veneración a la imagen de un Cristo muerto a la espera de la Resurrección, así como el agradecimiento de la cofradía a la buena disposición con que siempre nos ha recibido el vecindario del barrio de Girón.

Fernando Martín Pérez

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