Crónica del Via Crucis

No somos una cofradía de masas, pero nadie nos podrá acusar de falta de religiosidad. Con sencillez y humildad, con el silencio y con los golpes de tambor, avanza el Santo Cristo flotando –ligero- en los brazos de los malditos. Este breve recorrido de Santa Ana a San Lorenzo es un golpe de fe, como un golpe de mar. Después de un año, el cofrade se pone el capuchón y sale a la calle. Y de repente, cuando baja los escalones de Santa Ana y ese vientecillo entra por los agujeros de los ojos, se da cuenta de que está solo. Solos él y el Señor. Y entonces la cosa cambia, la ciudad no es la misma, el público acumulado en las aceras se percibe lejano. Según va desgajando Guillermo, nuestro consiliario, las estaciones del Via Crucis, por la cabeza del cofrade se encauza la fe de las últimas horas de la Cuaresma. El Via Crucis se le antoja como una síntesis, un toque de atención, una revisión de vida…una revisión debida.

Este Ejercicio del Via Crucis es un acto sin más pretensión que la de acercarse a la parroquia, que es símbolo de la Iglesia misma, en comunidad y en comunión. Y acercarse a la Madre por el Hijo, y al Hijo por la Madre. No sé qué nos pasa a los del Santo Entierro que sentimos a la Patrona como nuestra, de nuestra casa. Será quizás porque vivió varios años en Santa Ana, o porque nos ha acogido en su templo en no pocas ocasiones.

Por eso, aunque echemos en falta a muchos cofrades, aunque no luzcamos todas nuestras banderas y guiones, aunque haga frío y amenace lluvia, aunque sea llenos de humildad y austeridad, con la luz de una vela o de un farol en la mano, y con el corazón puesto en la misericordia del Padre, un año más ha merecido la pena este preludio de la Pasión y de la Pascua.

Fotos: Miguel Ángel Santos (Agencia gráfica Photogenic)

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