Poema: “El Yacente de San Joaquín y Santa Ana”

Bajo una luz mortecina,
que cubre de emoción el templo,
en sus andas yace expuesto 
el Cristo del Santo Entierro.


Unos cofrades lo velan;
Luz tenue, olor a incienso…           
Un poeta se estremece
mientras escribe estos versos.


Mirando, señor tus ojos,
siento, que no soy nada,
solo un pobre hijo tuyo
que acude raudo a tu llamada.


Veo, en tu costado abierto,
como la sangre te mana,
por una lanzada infame,
sobrada de burla y saña.


Contemplo muy apenado,
esa figura acostada,
los pies y manos heridos, 
mientras…               
Reconforto mi alma. 


Los luceros de tu cara
entreabiertos me fascinan,
y la paz que veo en ti,
a mi espíritu…                     
Traen calma.


Vuelve a mi lado Dios mío,
 hazme ver, ¡como me amas!
en este templo sencillo,
 donde moran las “hermanas”.


Esto reflejó un poeta,
cuando en silencio velaba, 
al Cristo que yace muerto…         
En San Joaquín y Santa Ana.
                                     
Jesús Medina

(Derechos reservados)

Reflexión: vivir o ver morir

En mi primera procesión acompañando al Santo Entierro, invitado por esta cofradía, el Sábado Santo, al ser suspendida la del Jueves Santo, me impactó muy gratamente el recogimiento y silencio de los hermanos cofrades y sobre todo la introducción de la planta de procesión dentro del convento rodeando el claustro, con un silencio total y en penumbra, solo alumbrado por los faroles que acompañan la procesión, lo que invita a rememorar el acontecimiento sufrido y vivido por nuestro Señor. Esta entrega por nosotros, nos lleva también a resucitar con Él a una vida nueva.

Cristo ahora viviente en la hostia Santa, es el mismo Cristo yacente que se entregó por nosotros y permanece en los sagrarios hasta el final de los tiempos, para atender nuestros ruegos y necesidades. No está estático, muerto, sino vivo y resucitado, renovando toda nuestra vida espiritual de amor a Dios y a los hermanos.

Vivamos nuestro amor al yacente y resucitado, no solo una semana al año, sino que nos acerquemos a acompañarlo y adorarlo en el sagrario y en el hermano, que tenemos al lado y requiere nuestra atención. Siempre en la vida de cada uno de nosotros tenemos un momento de inflexión para darnos cuenta de cuánto necesitamos acercarnos a Jesús eucaristía.

Que vivamos intensamente esta próxima Semana Santa y que el resto del año le sigamos acompañando, velando y alumbrando al Cristo yacente y resucitado.

Abre Señor, nuestro Corazón, para que aceptemos las palabras de tu Hijo.

Fernando Alonso Ruiz de Gauna
Presidente diocesano de Adoración Nocturna Española

Quien yace: yacente

Entre las ocurrencias semánticas que nos sorprenden, está de moda forzar el género de algunos adjetivos como un modo de utilizar un lenguaje más inclusivo. No faltan las propuestas de su uso en el ámbito religioso y pastoral. Una recurrente vía intermedia es utilizar adjetivos epicenos, aquellos que sirven para sustantivos masculinos o femeninos con el mismo término, valga como ejemplo: YACENTE. O en forma sustantivada: el yacente y la yacente. No es mi pretensión hacer una reflexión sobre el lenguaje inclusivo, sino hablar de María, madre del yacente.

La Madre del Yacente, también se merece una consideración en nuestra Cofradía. La imagen mariana de la Dolorosa, la Soledad (en este año en que la Dolorosa de Pedro de Mena, ha vuelto a su Málaga natal) ha ido ampliando su presencia en nuestros cultos y en la escenografía pasionista del Templo. Quisiera invitaros a reflexionar sobre la imagen yacente de la propia María, algo no muy común en nuestra tierra (salvo Zamora) pero muy hispano.

El ámbito levantino español ha tenido un cuidado especial con este misterio bajo la denominación de la Dormición de María, aunque la Escritura guarda silencio al respecto y la Tradición se hace eco de noticias difusas. El silencio de Nazaret se prolongó tras la Pascua y Pentecostés. Su presencia en la Comunidad transcurrió callada como fuente fecunda escondida: Hortus conclusus, fons signatus (Ct 4, 12).

Nos resulta coherente que Juan no sólo la “Llevase a su casa” o “la tomase como algo propio”, hemos de entender que como hogar evangelizador, le acompañase en Jerusalén y según la tradición posteriormente en Éfeso, en donde se venera la Casa de María, un lugar sencillo que conservaba su memoria aún en épocas de menor tolerancia que la actualidad. La tradición la lleva de nuevo a Jerusalén, en donde su Hijo, que la había precedido en el Cielo, la esperaba con el mejor “lugar preparado”. Su Asunción es fiesta en la Orden del Cister, prosiguiendo la tradición francesa, que representa el paralelo a nuestra aportación hispana de la doctrina de la Inmaculada, si España es tierra de María, Francia es cielo para María.

Llegada la plenitud de la doctrina, el Papa Pío XII, declaró el dogma de la Asunción de María, en 1950, sin precisar en detalles de cuánto tiempo pasó entre su muerte y su tránsito al cielo, o si este tiempo fue inexistente, inmediato. Una piadosa tradición muy popular en el siglo XIV entendía que los discípulos, alertados de la inminencia de su Paso, volvieron a Jerusalén en donde asistieron a la Asunción a los cielos. Faltaba Santiago, ya martirizado, y el pertinaz Tomás, ahora en la lejana India, por lo que llegó tarde. El arte de la época difiere entre las versiones de la Dormición y la posterior Asunción, en el lecho y la versión de una Asunción más prolongada en el tiempo, al ser colocada en el Sepulcro…

La mayor parte de los teólogos actuales piensan que también Ella murió, pero, al igual que el Primogénito de entre los muertos, su muerte no podía rendir tributo al pecado, pues era la Inmaculada.

Tenemos constancia de que ya desde el siglo VI, se celebraba en Oriente la fiesta de la Dormición de la Virgen: un modo de expresar que se trató de un tránsito más parecido al sueño que a la muerte. Dejó esta tierra —como afirman algunos santos en un tránsito de amor.

A pesar del silencio de la Escritura, un pasaje del Apocalipsis deja entrever ese final glorioso de Nuestra Señora. Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas (Ap 12, 1).

El prefacio de la Solemnidad de la Asunción de María manifiesta la expresión del Magisterio que ve en esta escena, no sólo una descripción del triunfo final de la Iglesia, sino también una afirmación de la victoria de María (tipo y figura de la Iglesia) sobre la muerte. Motivados por la liturgia en la Misa de la Vigilia, aclamamos a Nuestra Señora con estas palabras: bienaventurada eres, María, porque hoy fuiste elevada sobre los coros de los ángeles y, juntamente con Cristo, has alcanzado el triunfo eterno.

Celebrar Victoria de la Pascua de Jesús nos invita a ensayar el canto de alegría por la Victoria de María en su Asunción. La iconografía de su tránsito, su imagen como Yacente, añade al modo de representar el santo silencio de Cristo en el Sepulcro, una serie de signos de fiesta: aparece vestida de gala, coronada, rodeado de flores… todos ellos son signos de las letanías lauretanas aclamadas desde la perspectiva de este Misterio. Acompaño este saludo, con la bella yacente, de las Capuchinas de Sevilla, aunque pocos lugares como Palma de Mallorca se convierte en torno al 15 de agosto en una fiesta hermosísima en torno al lecho de la Yacente, aclamado por doquier. Más que bella dormida.

La Yacente, duerme esperando su Victoria en los cielos, como ella esperamos ser moradores del Cielo. Feliz Pascua.

Guillermo Camino, Consiliario

Una reflexión con “los Novísimos”

Quería compartir con vosotros una reflexión para estos días de Cuaresma, que nos ayude en este peregrinar hacia la Pascua. Para ello voy a tener presente la obra denominada “los Novísimos”.
   
La muerte nos coloca siempre en la encrucijada. Fin de un trayecto e inició de otro que, por desconocido, nos angustia e inquieta. Pero hasta llegar a ese día tenemos mucho recorrido que hacer, y como peregrinos tenemos que andar.

  https://twitter.com/MSJSAvalladolid
Los Novísimos. Museo de San Joaquín y Santa Ana. Una curiosa rareza del museo. Se trata de un escaparate de cera, napolitano, del siglo XVII, que representa la Gloria, el infierno, la muerte y el juicio final 

Nuestro titular, el Cristo Yacente, nos ayuda con su testimonio de vida a saber cómo imitarle. Él, antes de morir en la cruz, tuvo que sufrir pequeñas muertes: nacer de María, es decir, hacerse hombre; nacer en Belén, huir de Herodes, etc. En todo: hacer la voluntad del padre. Y eso supone siempre morir a nosotros mismos, morir a nuestros criterios, a nuestra voluntad, pero siempre buscando un bien mayor. Es dejar espacio, vaciarnos de nuestros condicionamientos para llenarnos de Él. Así nos dirá Jesús “… Lo que hicisteis con uno de esos mis  humildes hermanos conmigo lo hicisteis” (Mt. 25, 31-46). Sembremos a nuestro paso amor, alegría, comprensión, paciencia, aceptación del que es distinto; así podremos llegar al juicio con la confianza de haber hecho lo que el Maestro nos ha enseñado, porque no nos corresponde a nosotros enjuiciar las actuaciones de nuestros hermanos, sino sembrar amor. Ser luz que ilumine el camino de todos aquellos que entren en contacto con nosotros

El infierno será el desviarnos del verdadero camino que conduce a la Vida. Y la Vida, el cielo, lo tomaremos cuando nuestras vidas estén en sintonía con la enseñanza del Maestro.

Cuando contemplemos esta Semana Santa al Cristo Yacente, cuando le acompañemos en las procesiones, meditemos y pensemos en lo que Él fue capaz de padecer por cada uno de nosotros, y preguntémonos por lo que yo estoy haciendo por Él.

Muerte-Juicio-Infierno-Cielo. Cuatro realidades que os invito a reflexionar en esta Semana Santa.

Sor Teresa de Antonio

Una anécdota de la Cofradía

Nuestra Cofradía siempre ha sido muy original. Fuimos los pioneros en Valladolid en portar hachones de luz eléctrica a pilas, que emitían una luz de tonalidad verdosa, en nuestra primera participación en la Semana Santa de 1931. Estos hachones fueron sustituidos por faroles de mano en 1964. Desde entonces siempre hemos portado esos faroles, bien en su versión de cristal convencional con portalámparas eléctrico, como una linterna, o en su versión de caras opacas con la serigrafía de nuestro escudo y portalámparas de cera líquida. Bueno… siempre, siempre, no. Ha habido una excepción.

A principios de los años setenta, me atrevería a decir que fue en la Semana Santa de 1970, recién estrenada la nueva carroza, un cofrade que era comercial y tenía la representación de la marca “Camping gas” propuso a la directiva experimentar un nuevo y revolucionario sistema de iluminación, basado en lámparas de gas. Hasta el momento las cofrades de las diversas cofradías daban luz a los pasos con hachones de vela, de petróleo o eléctricos, pero nunca se había usado como combustible el gas.

Las lámparas de gas eran una versión del lumogaz convencional, que usaban y usan los campistas y los granjeros, adaptadas a modo de hachones. En esencia estaban formados por una bombona de gas, en la que se enroscaba un cuerpo superior que alojaba la parte incandescente (la camisa) y protegido por una bombeta de cristal abierta en su parte superior. Para portarlos se disponía de una lanza o pica que se insertaba en el recinto inferior que albergaba la bombona de butano. Su altura total sería  superior al metro y medio.

Cuando los cofrades vimos aquel invento nos pareció muy revolucionario y nos dispusimos a sacarlos, por primera y única vez, en la procesión de la noche del Jueves Santo al barrio Girón. Pero pronto la alegría inicial se truncó. Eran difíciles de portar. Eran muy pesados, concentrando todo el peso en el extremo superior, por lo que no era muy fácil llevarlos en posición vertical. Además en esa posición estaban muy cerca de los ojos y tanta iluminación resultaba molesta.

Es verdad que daban mucha luz y que el espectáculo de la Cofradía pasando el puente del Poniente tuvo que ser muy vistoso, pero al tiempo eran muy ruidosos por lo que ese año el sonido de las colas de los hábitos quedó subsumido por el de la combustión del gas. Además, no se podían golpear contra el suelo, porque se rompía la camisa incandescente, con lo que el farol se apagaba. Si le golpeabas y temblaba el cristal de la bombeta había peligro de que se desprendiera. Por si fuera poco, emitían mucho calor y era un peligro arrimarlo a los hábitos. Más de un guante quedó chamuscado al acercarlos a la bombeta para comprobar si emitían calor.

Total, que lo que parecía que iba a ser un feliz experimento se convirtió en un suplicio. Nunca se volvió a saber nada de esos hachones de gas, ni tenemos noticia de que llegaran a comercializarse.
               
Fernando Martín Pérez

Vivir o ver morir

Posiblemente la vida de cada ser humano es una experiencia distinta, que debemos afrontar en muy diferentes circunstancias. Desde que nacemos, a cada uno de nosotros nos toca un papel que en la mayoría de las ocasiones no hemos elegido. Particularmente, yo jamás pensé que podía encontrarme inmerso en un momento que nunca olvidaré, como es la procesión del Santo Entierro, de la Cofradía homónima, de nuestra ciudad. No provoqué yo esta circunstancia, ya que fue una invitación personal de la misma Cofradía, honor que nunca podré agradecer suficientemente.

Pero sí puedo y deseo contar que uno de los momentos de emoción contenida, envuelta en un ambiente realmente difícil de explicar, fue el hecho de iniciar la entrada por la puerta del Monasterio de Santa Ana, para la devolución del Cristo Yacente, como es tradición hacer el Sábado Santo en la Cofradía.

De inmediato me vinieron a la memoria recuerdos de mi niñez, cuando asistí por primera vez a la pérdida de un ser querido, jamás lo olvidaré. En el transcurso del recorrido, los pasillos del Monasterio se hacían interminables, por la emoción que se palpaba, en un ambiente jamás vivido por mí, ya que realmente creí estar acompañando a un ser que acababa de morir. El silencio, solo roto por el sonido de un tambor, y la luz tenue de las velas, hacían que todos los pensamientos afloraran, sintiéndome en parte culpable de aquella tragedia ocurrida hace ya tanto tiempo, en la que los hombres fueron capaces de sacrificar a otro hombre llamado Jesús.

Miguel Ángel Soria Ruano