Carta del Presidente

Queridos cofrades, queridos amigos

Hace casi un año los hermanos comisarios de la Cofradía portaron, por primera vez, al Santo Cristo Yacente hasta la Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Valladolid, hecho sin duda trascendente para la historia de nuestra Cofradía. Tras 50 años de andadura, la Procesión del Santo Entierro deja de ir al Barrio Girón, pasa a denominarse procesión del Verum Corpus para darle un sentido más sacramental, y así realizar estación de adoración eucarística en la Catedral. Histórica también, sin duda, fue la salida del templo mayor de Valladolid por la puerta de Santa María, recuperando una tradición que se había perdido con el paso de los años. La bella estampa que se pudo contemplar el año pasado en la plaza del Salvador, junto a la Iglesia de las Esclavas del Sagrado Corazón, ha quedado en la retina los vallisoletanos como una de las más bellas de la pasada Semana Santa.

La tarde del Sábado Santo ha quedado reservada para el sepelio de Nuestro Señor. Conservando una estructura ya asentada con los años, esta nueva denominación de “Santo Entierro de Cristo” no deja de ser una llamada a la meditación sobre la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, a la espera de su Resurrección. Se trata de recordar cuál es la verdadera esencia de la nuestra querida Cofradía.

¿Y cuál es esa verdadera esencia? ¿Acaso celebramos la muerte de Jesús de Nazareth? Cristo afrontó su destino con valentía. Llegó a Jerusalén, sabiendo que le esperaba la muerte, convencido y convenciendo que esa era precisamente su proeza, su victoria. Por eso entra triunfalmente, porque ya ha vencido. Lo afrontó con sufrimiento en Getsemaní, ante el temor de la soledad, de sentirse olvidado por aquellos a los que amaba y por los que iba a morir. Lo afrontó con humildad y con amor en la cruz, tanto que, lejos de mostrarse como el Hijo de Dios, con todo su poder, perdonó a los que le habían maltratado, despreciado y convertido en un desecho y dejó que todo sucediera tal y como estaba previsto.

Nuestra esencia es recrear ese triunfo de Cristo. Veneramos su victoria frente a la muerte, convirtiendo las calles aledañas al Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana en las calles de aquella Jerusalén. Nuestros faroles le iluminan en la soledad de Getsemaní, acompañándole en el difícil camino hacia su entrega más absoluta. Cristo, portado a hombros, realiza su Entrada Triunfal a la clausura del convento, nueva tumba excavada que nadie había utilizado, y emulando a José de Arimatea, primer cofrade del Santo Entierro, depositamos allí a Jesús, y aguardamos con fe su victoria. Ese es el sentido de nuestro procesionar, de nuestro farol, de nuestra Cofradía. Sigamos acompañando a Jesús con nuestros “hábitos” diarios, aun cuando finalice la Semana Santa. Sigamos iluminando con nuestro farol, aunque ya lo hayamos entregado, especialmente a aquellas personas que sufren.

Nuestra vida cofrade va más allá de nuestras procesiones. Seamos ejemplo de misericordia cada día del año.

Jesús González Expósito, Presidente


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