Silencio de sentimiento y lágrima

La Semana Santa de 2019, fue una de esas muchas, en la que los cofrades y fieles nos pasamos los días mirando el cielo, intentando levantarlo como los campesinos castellanos de aquella cita de nuestro ilustre vecino D. Miguel Delibes.

De una media semana de bonanza nos encontramos de golpe con una media semana final totalmente caótica. Suspendiendo, acortando recorridos, corriendo en muchos casos. Así que cuando ese Sábado Santo a pesar del fresquillo primaveral, los hermanos del Santo Entierro abren las puertas de la iglesia y la planta procesional sale a la calle, casi casi no nos lo podíamos creer.

Si a un amante de nuestra Semana Santa y además fotógrafo, aficionado y de los de acera, se le presenta la oportunidad, el privilegio y el honor de poder presenciar e intentar plasmar con su objetivo uno de los actos más íntimos de cualquier cofradía, evidentemente no se lo piensa dos veces. Y si ese privilegio ocurre en una cofradía a la cual se tiene un cariño especial, pues qué mejor experiencia.

Encontrar la belleza hasta en lo más oscuro, en lo más profundo del dolor humano, es una de las características de la fotografía. Donde las palabras son incapaces de definir ese dolor humano, una imagen puede conseguir el milagro. El patetismo, la teatralidad, la estética, la fe, el fervor y la tradición, hacen que la fotografía de Semana Santa cumpla perfectamente esa función personal de remover algo por dentro.

Con toda probabilidad no sea la mejor fotografía salida de mi cámara, estoy seguro. A fin de cuentas no soy más que un aficionadillo que de mil disparos, una toma curiosa le queda. Pero lo que si tengo claro es que guarda, si no demasiados detalles técnicos, si muchos detalles que salen de allí dentro. Allí dentro, donde la emoción te descerraja dos tiros, la garganta se te agarrota y las mariposas del estómago te retuercen los intestinos.

El eco de un cornetín tocando a Oración, se pierde en ese momento tan espiritual y humano en el que la imagen del Señor extendido sobre un lecho blanquecino, es introducido por los hermanos de carga en el recoleto zaguán del monasterio.

Quizá la impresión me pudo y no quise interrumpir el silencio, ese silencio de sentimiento y lágrima, tan solo roto por el sonido ronco de la piel de unos tambores destemplados. Quizá perdí la gran foto, pero cuando ves pasar ante ti la imagen yacente de Nuestro Señor, se agolpan en las pocas entendederas que uno tiene, multitud de sentimientos cruzados, de culpabilidad en su mayoría y también de confianza.

Por más que sus ojos, ojos muertos y cadavéricos, pero ojos de ternura, amor y bondad nos sigan mirando y pidiendo clemencia ante tal desatino humano…

Por más que sus rodillas, destrozadas por las caídas de nuestros dislates y sus hombros lacerados bajo el peso de la cruz de nuestros pecados…

Por más que sus manos, reventadas y horadadas por los clavos de nuestras miserias, nuestros egos y nuestros miedos…

Por más que sufra latigazos, golpes, llagas, vejaciones, insultos, humillaciones, oprobio y censura…

Su mirada seguirá meciéndonos, sus rodillas y sus hombros seguirán cargando con nosotros y sus manos seguirán acariciándonos…

Señor, tu nos perdonas, nos ayudas, nos confortas y reconfortas en nuestra singladura vital hasta poder llegar ante el Padre… Demasiado beneficio ante lo absurdo de tu castigo.

En fin, cuando este camino por la senda vírica que nos ha oscurecido nuestro vivir termine, ojalá podamos volver a reencontrarnos y sentir todo ese cúmulo de sensaciones de nuevo. Convencido estoy y rezo por ello.

Alejandro Manuel Berdote Paz

La experiencia vital en estos momentos del COVID-19

Esta situación de pandemia es tan extraña que nunca antes lo hubiésemos imaginado como posible en nuestras vidas, aun poniendo la mejor voluntad, persiste el estupor, se necesita tomar acopio de buen ánimo para la travesía del desierto, con baches de dolor y malestar por la situación, por la muerte de tantos, por las noticias de conocidos que nos dejaban.

Ante todo, nos ha hecho reflexionar y ver que todo lo que sabíamos, quedaba claro: el dinero las cosas materiales de repente perdían valor frente a hechos espirituales como la familia, los vínculos afectivos, la necesidad de ayudarnos unos para con otros. Para nuestra sorpresa, vimos como todos los hombres se veían obligados a vivir una cierta clausura en sus casas, o sea el confinamiento, para nosotras no ha sido difícil, es nuestra vida lo de siempre, aunque vivida con más pureza o intensidad volvimos a vivir solas y a solas con Dios.

En el inicio, ha sido como una especie de retiro continuo, sin contacto con el exterior, en una experiencia que nos hace entender la clausura como medida de protección de salud para nuestros cuerpos, lo que antes era de salud para nuestras almas. Con sorpresa vimos que los hombres podían vivir en Clausura, aunque con dolor y cansancio.

Este tiempo ha recalcado la necesidad de interceder por los otros; algo que siempre hacemos, ahora se hacía más intenso o necesario. La regla invita a tener presente la muerte cada día y esto se ha hecho una realidad. Hemos conocido de primera mano que estamos de paso en esta vida y en cualquier momento podemos partir.

Hemos sentido la necesidad de estar informadas, de hacernos presente, de recordar aquellos que trabajaban. Así nos apuntamos a la campaña “yo rezo por ti”; cada monja quedaba asignada para rezar por personas concretas que luchaban en primera línea, cada día hemos rezado por esas personas cercanas a la tragedia.

En octubre del año pasado, el virus entró en nuestra casa, de una manera involuntaria. Rápidamente nos avisaron, nos hicieron la prueba del positivo en casa, estábamos asustadas y nerviosas. De principio solo un positivo, la juniora Ana María, que quedaba confinada en la hospedería. Allí la llevábamos la comida con precaución y nulo acercamiento. Pero a los dos días dieron positivo, sor Natividad, asintomática, quien se recluyó en la habitación, sor Nieves, luego fue Perpetua, la Madre Celeste y por último yo, sor María Luisa. De todas, quién peor lo pasó fue la madre superiora; cuando vimos la gravedad, llamamos y tardaron en acercarse para hospitalizarla. Gracias a Dios, su situación mejoró y pudo volver a casa. Sor Nieves también fue ingresada y volvió sin fuerzas, sin estabilidad.

Desde entonces, esta situación no ha parado, por desgracia. Últimamente, rehuyo ver noticias, que en todo caso son malas, y que es un goteo de saber de personas conocidas sanas que poco a poco pasan por situaciones críticas, que van enfermando inesperadamente de COVID o no, de dolencias muy graves con desenlaces fatales. La muerte parece tener mucho trabajo, quizá ahora viene a la memoria el Cristo Yacente, imagen de Cristo inerte, sin vida; la muerte es un paso ineludible para todos nosotros; quizá lo mejor sea recordar la definición de Martín Descalzo, que la escribió en su libro testamento del Pájaro solitario. Cito de memoria:

Morir solo es morir, morir se acaba
es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba
ver el amor sin enigmas ni espejos.

Decía San Bernardo que Cristo, que fue nuestro Camino durante la Vida, se convertirá también en nuestro premio después de la muerte.

Que Dios conceda su descanso a los fallecidos, y a los vivos nos conceda vivir más auténticamente unidos a Él.

Sor María Luisa de Antonio

Una reflexión para la procesión del Santo Entierro

Parecería que todo está consumado, que todo termina aquí, que nada más podemos hacer ante Ti, Cristo yacente, como si Tú, en tu postración, en tu condición exánime, resumieras todo lo que ha pasado en estos días. Pero no es así, tu presencia nos recuerda tu muerte, ayer, en la Cruz, muy cerca de aquí, en nuestra plaza Mayor. Pero tu presencia, callada, pálida, quieta, sin un aparente soplo de vida, nos invita a la esperanza, a volver en seguida a la plaza grande y celebrar tu Resurrección.

Pero es pronto, aún no es tiempo de vigilias, sino para recordar, en este lugar mucho más recoleto, en esta placita mucho más íntima, en este lugar que esta tarde-noche invita a la reflexión, a recordar algo de lo mucho que hemos vivido estos días en las calles y en los templos.

Hemos sido muchos, Cristo yacente, los que te hemos acompañado, a Ti y a tu Madre. Te hemos visto recorrer Valladolid en estos días que te llevan, a Ti y a nosotros contigo, de la Pasión a la Muerte y de ésta la Gloria. Te hemos visto entrar triunfal en Jerusalén, te hemos visto encontrarte con tu Madre en distintos momentos y lugares, te hemos visto predicar y estar en animada tertulia con tus discípulos, te hemos acompañado en vuestra Cena, en tu Oración en el Huerto, en tu Prendimiento, en tu enfrentamiento dialéctico con la autoridad civil y eclesiástica.

Hemos visto cómo te flagelaban, cómo te coronaban con espinas. Te hemos visto caminar rumbo al Calvario, hemos vuelto la cara, hemos cerrado los ojos cuando te clavaban en la Cruz que era nuestra redención. Y luego hemos prestado mucha atención cuando nos hablabas, hasta siete veces, mientras agonizabas esperando la muerte para la que el Padre te destinó.

Ahora, te vemos ya con expresión para algunos aún doliente; para otros, de paz, de tranquilidad. Es tu estado, tu pose con la que el escultor quiso regalarnos, una especia de tránsito, no entre la vida y la muerte, sino entre la vida y la vida.

Muy pronto volverás a encontrarte con tu Madre, con los apóstoles; enseñarás tus manos, tus llagas, tus cicatrices, al también humano Tomás, que verá fortalecida su fe.

Y todo volverá a la rutina. Retorna al trabajo, al estudio, a los quehaceres diarios, recordaremos que Valladolid, como aquella Jerusalén de hace dos mil años, ardió, bullió en fiestas. Y, de repente, casi sin darnos cuenta, porque el tiempo pasa muy deprisa, habrás ascendido a los cielos. Y también muy pronto, volveremos a verte en nuestras calles, en la presencia real de tu Cuerpo y de tu Sangre.

Duerme, Señor; descansa en paz, Cristo yacente, que Valladolid, que hoy se asoma a la plaza de Santa Ana, no te va a dar tregua. Valladolid, como España, te quiere, te necesita; y, por eso, yo me atrevo a pedirte que tu sueño sea breve, apenas una siestecita de unas horas, porque pronto queremos verte caminar, resucitado. Porque, si no, nada de lo que estos días hemos celebrado, tendría sentido.

Que así sea.

Ángel Cuaresma, Periodista

Chema Concellón

Carta del Presidente: Sonreir con los ojos

Queridos cofrades, queridos amigos.
No hace mucho hablábamos de la importancia de las nuevas tecnologías para la comunicación. La apuesta es definitiva por esta nueva forma de acercarnos los unos a los otros, ya sea a nivel personal o laboral.

Ante situaciones adversas siempre hay que intentar sobreponerse, reinventarse, buscar posibilidades… en definitiva se trata de no caer en derrotismos y buscar la oportunidad frente a la precariedad. Y esto es lo que está pasando en muchas situaciones, y en el ámbito de la comunicación así ha sido. Hasta los más reacios a usar las nuevas tecnologías han sucumbido ante la oportunidad de recibir una videollamada de sus seres queridos, y ya forma parte de su día a día, no sin antes haber recibido una buena dosis de clases avanzadas y de echar muchas horas de formación intensa. Otros han tenido que cambiar su forma de trabajo, su forma de vender o de enseñar, y todo ello partiendo de cero en muchas ocasiones.

Cuando estamos viendo una procesión, además de fijarnos en los hábitos, la banda o la talla, en ocasiones dirigimos nuestra mirada a los ojos de los cofrades que van con capirote, desfilando ante nosotros. Puede que sea por si reconocemos a alguien que nos devuelve la mirada, o por buscar una complicidad en el anonimato de la oración, pero existe ese cruce temporal de miradas.

Desde que empezó la pandemia llevamos una mascarilla (de mil y una variedades) que nos tapa toda la cara, salvo los ojos. El ser humano, cuando habla, usa aproximadamente 36 músculos. Con cada carcajada ponemos en marcha casi 400, 15 si sólo sonreímos… y todos esos músculos funcionando generan gestos que expresan aquello que estás diciendo o sintiendo.

En este aspecto también hemos tenido que reinventarnos, siendo ahora los ojos el espejo del alma (o la ventana del alma, como ya se ha dicho en alguna ocasión). Hemos tenido que aprender a hablar con los ojos, a transmitir sentimientos como la comprensión, la admiración, la sorpresa o el miedo con los ojos. Una expresión tan manida como “una mirada vale más que mil palabras” tiene hoy más sentido que nunca. Con los ojos transmitimos aquello que nuestros labios y mejillas no pueden reflejar. Hemos aprendido a sonreír (sólo) con los ojos.

Es cierto que nada de esto es nuevo, ya que el lenguaje de los ojos se estudia desde hace siglos, pero qué duda cabe que hoy está más actual que nunca y en nuestro día a día recibimos y dirigimos casi tantas miradas a los ojos como las que reciben esos cofrades anónimos que posesionan cada Semana Santa por nuestras calles.

No en vano, en muchos pasajes del Evangelio, se habla de la mirada de Jesús. Marcos nos cuenta como cuando un joven rico se dirigió a Jesús preguntándole que qué más le faltaba para ganar el Reino de los Cielos, toda vez que ya cumplía con los mandamientos: “Jesús fijó su mirada en él con amor, y le dijo: «Te falta una cosa. Anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme». Además de esa mirada de amor, descubrimos también ojos apenados de Jesús cuando, después de negarle Pedro por tercera vez, el Señor, dándose vuelta, miró a Pedro… Y Pedro, saliendo afuera, lloró amargamente, según nos dice en esta ocasión Lucas.

La importancia de una mirada sincera, de bondad, de cariño o de perdón son claves en nuestro día a día como cristianos y seguidores de ese Jesús que nos miraba antes y que lo sigue haciendo ahora, con sus ojos entre abiertos mientras yace ante nosotros, transmitiéndonos todo su amor y sacrificio.

Hoy debemos trasmitir su mirada a aquellos que nos rodean, sin esquivarla, aunque nos incomode los que nos dice en el silencio de la oración, de esa mirada hacia nuestro interior que tanto nos asusta.

Hoy somos nosotros los que, a través de nuestros ojos, podemos expresar nuestra felicidad de sentirnos mirados por Cristo, y debemos devolver esa mirada a nuestro alrededor, amando con nuestra visión, perdonando con nuestros ojos, abrazando y besando lo que nuestros brazos y labios no pueden hacer, con sólo una mirada.

Jesús González Expósito, Presidente