Una reflexión con “los Novísimos”

Quería compartir con vosotros una reflexión para estos días de Cuaresma, que nos ayude en este peregrinar hacia la Pascua. Para ello voy a tener presente la obra denominada “los Novísimos”.
   
La muerte nos coloca siempre en la encrucijada. Fin de un trayecto e inició de otro que, por desconocido, nos angustia e inquieta. Pero hasta llegar a ese día tenemos mucho recorrido que hacer, y como peregrinos tenemos que andar.

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Los Novísimos. Museo de San Joaquín y Santa Ana. Una curiosa rareza del museo. Se trata de un escaparate de cera, napolitano, del siglo XVII, que representa la Gloria, el infierno, la muerte y el juicio final 

Nuestro titular, el Cristo Yacente, nos ayuda con su testimonio de vida a saber cómo imitarle. Él, antes de morir en la cruz, tuvo que sufrir pequeñas muertes: nacer de María, es decir, hacerse hombre; nacer en Belén, huir de Herodes, etc. En todo: hacer la voluntad del padre. Y eso supone siempre morir a nosotros mismos, morir a nuestros criterios, a nuestra voluntad, pero siempre buscando un bien mayor. Es dejar espacio, vaciarnos de nuestros condicionamientos para llenarnos de Él. Así nos dirá Jesús “… Lo que hicisteis con uno de esos mis  humildes hermanos conmigo lo hicisteis” (Mt. 25, 31-46). Sembremos a nuestro paso amor, alegría, comprensión, paciencia, aceptación del que es distinto; así podremos llegar al juicio con la confianza de haber hecho lo que el Maestro nos ha enseñado, porque no nos corresponde a nosotros enjuiciar las actuaciones de nuestros hermanos, sino sembrar amor. Ser luz que ilumine el camino de todos aquellos que entren en contacto con nosotros

El infierno será el desviarnos del verdadero camino que conduce a la Vida. Y la Vida, el cielo, lo tomaremos cuando nuestras vidas estén en sintonía con la enseñanza del Maestro.

Cuando contemplemos esta Semana Santa al Cristo Yacente, cuando le acompañemos en las procesiones, meditemos y pensemos en lo que Él fue capaz de padecer por cada uno de nosotros, y preguntémonos por lo que yo estoy haciendo por Él.

Muerte-Juicio-Infierno-Cielo. Cuatro realidades que os invito a reflexionar en esta Semana Santa.

Sor Teresa de Antonio

Una anécdota de la Cofradía

Nuestra Cofradía siempre ha sido muy original. Fuimos los pioneros en Valladolid en portar hachones de luz eléctrica a pilas, que emitían una luz de tonalidad verdosa, en nuestra primera participación en la Semana Santa de 1931. Estos hachones fueron sustituidos por faroles de mano en 1964. Desde entonces siempre hemos portado esos faroles, bien en su versión de cristal convencional con portalámparas eléctrico, como una linterna, o en su versión de caras opacas con la serigrafía de nuestro escudo y portalámparas de cera líquida. Bueno… siempre, siempre, no. Ha habido una excepción.

A principios de los años setenta, me atrevería a decir que fue en la Semana Santa de 1970, recién estrenada la nueva carroza, un cofrade que era comercial y tenía la representación de la marca “Camping gas” propuso a la directiva experimentar un nuevo y revolucionario sistema de iluminación, basado en lámparas de gas. Hasta el momento las cofrades de las diversas cofradías daban luz a los pasos con hachones de vela, de petróleo o eléctricos, pero nunca se había usado como combustible el gas.

Las lámparas de gas eran una versión del lumogaz convencional, que usaban y usan los campistas y los granjeros, adaptadas a modo de hachones. En esencia estaban formados por una bombona de gas, en la que se enroscaba un cuerpo superior que alojaba la parte incandescente (la camisa) y protegido por una bombeta de cristal abierta en su parte superior. Para portarlos se disponía de una lanza o pica que se insertaba en el recinto inferior que albergaba la bombona de butano. Su altura total sería  superior al metro y medio.

Cuando los cofrades vimos aquel invento nos pareció muy revolucionario y nos dispusimos a sacarlos, por primera y única vez, en la procesión de la noche del Jueves Santo al barrio Girón. Pero pronto la alegría inicial se truncó. Eran difíciles de portar. Eran muy pesados, concentrando todo el peso en el extremo superior, por lo que no era muy fácil llevarlos en posición vertical. Además en esa posición estaban muy cerca de los ojos y tanta iluminación resultaba molesta.

Es verdad que daban mucha luz y que el espectáculo de la Cofradía pasando el puente del Poniente tuvo que ser muy vistoso, pero al tiempo eran muy ruidosos por lo que ese año el sonido de las colas de los hábitos quedó subsumido por el de la combustión del gas. Además, no se podían golpear contra el suelo, porque se rompía la camisa incandescente, con lo que el farol se apagaba. Si le golpeabas y temblaba el cristal de la bombeta había peligro de que se desprendiera. Por si fuera poco, emitían mucho calor y era un peligro arrimarlo a los hábitos. Más de un guante quedó chamuscado al acercarlos a la bombeta para comprobar si emitían calor.

Total, que lo que parecía que iba a ser un feliz experimento se convirtió en un suplicio. Nunca se volvió a saber nada de esos hachones de gas, ni tenemos noticia de que llegaran a comercializarse.
               
Fernando Martín Pérez

Vivir o ver morir

Posiblemente la vida de cada ser humano es una experiencia distinta, que debemos afrontar en muy diferentes circunstancias. Desde que nacemos, a cada uno de nosotros nos toca un papel que en la mayoría de las ocasiones no hemos elegido. Particularmente, yo jamás pensé que podía encontrarme inmerso en un momento que nunca olvidaré, como es la procesión del Santo Entierro, de la Cofradía homónima, de nuestra ciudad. No provoqué yo esta circunstancia, ya que fue una invitación personal de la misma Cofradía, honor que nunca podré agradecer suficientemente.

Pero sí puedo y deseo contar que uno de los momentos de emoción contenida, envuelta en un ambiente realmente difícil de explicar, fue el hecho de iniciar la entrada por la puerta del Monasterio de Santa Ana, para la devolución del Cristo Yacente, como es tradición hacer el Sábado Santo en la Cofradía.

De inmediato me vinieron a la memoria recuerdos de mi niñez, cuando asistí por primera vez a la pérdida de un ser querido, jamás lo olvidaré. En el transcurso del recorrido, los pasillos del Monasterio se hacían interminables, por la emoción que se palpaba, en un ambiente jamás vivido por mí, ya que realmente creí estar acompañando a un ser que acababa de morir. El silencio, solo roto por el sonido de un tambor, y la luz tenue de las velas, hacían que todos los pensamientos afloraran, sintiéndome en parte culpable de aquella tragedia ocurrida hace ya tanto tiempo, en la que los hombres fueron capaces de sacrificar a otro hombre llamado Jesús.

Miguel Ángel Soria Ruano

                                             

Carta del Presidente

Queridos Cofrades, queridos amigos:

Muchos han sido los discípulos de Jesús. Algunos lo eran abiertamente y otros, por el contrario, de forma más discreta. Uno de estos últimos, a pesar de ser seguidor de Cristo en secreto según los escritos, tuvo un papel muy destacado en las horas más oscuras del Maestro, y así queda reflejado por los cuatro evangelistas. Se trata, ni más ni menos, de aquel que siempre consideraremos como el primer cofrade del Santo Entierro.

Este hombre, de nombre José y natural de una población de la antigua Judea, llamada Arimatea, fue uno de tantos discípulos de Cristo que lo hacía de forma clandestina por miedo a los judíos y sin embargo tuvo la valentía (o la osadía tal y como relata Lucas) de solicitarle a Pilato el cuerpo de Nuestro Señor para darle sepultura.

De él también se ha escrito que era un hombre ilustre, tal vez perteneciente al Sanedrín aunque “no había consentido en el acuerdo ni en los hechos” que condenaron a Jesús. Se cree que sería el propietario del sepulcro nuevo en el que él mismo, junto con Nicodemo, depositó el cuerpo yacente de Cristo.

Podríamos relatar hasta leyendas medievales que le relacionan con el Santo Grial o el Sudario, incluso familiarmente con Jesús, al tratarse al parecer del hermano menor de San Joaquín, padre de María, la madre de Jesús…

Ya sea en los textos evangélicos como en otros de carácter más legendario, lo que es seguro es que José de Arimatea fue una persona muy cercana a Jesús y gracias a él y esa valentía que finalmente mostró, nuestra cofradía del Santo Entierro, como otras hermandades que tengan por objeto alumbrar ese momento de la pasión de Cristo, tiene su razón de ser.

José de Arimatea optó por la clandestinidad y en muchas ocasiones nosotros aludimos a nuestra posición o reputación para dejar de hacer aquello que creemos justo, simplemente por el miedo al qué dirán. Nos convertimos en discípulos clandestinos de Jesús, y necesitamos el apoyo de alguien cercano a nuestros ideales para dar ese paso valiente y osado. Y aquí es donde entramos nosotros como cofrades. Se trata de una forma de ser, de un estilo de vida. “Se os reconocerá por vuestros hechos”, dicen los textos. Esos son los discípulos que siguen a Jesús y ese el cofrade por excelencia.

Hoy es el momento de salir de nuestra clandestinidad de forma valiente, de ir contra corriente si se trata de ir en la dirección de defender lo justo, de dar la cara por aquellos que son perseguidos o de gritar por los que no tienen voz, aunque eso suponga que  nos señalen de forma peyorativa, porque esto fue lo que hizo el primer cofrade del Santo Entierro, y gracias a ese primer paso, más de 2000 años después, nosotros seguimos dando pasos cada semana santa, en nuestro peregrinar, junto a Cristo, hasta la victoria de su Resurrección.

Jesús González Expósito, Presidente

Cister, Santa Ana: Santo Entierro

Estos últimos años de la segunda década del siglo XXI nos traen la memoria de muchos hechos acontecidos hace 400 años, tendríamos razones para celebrar muchos de ellos. Entre otros, la fundación de Santa Ana en Málaga por la Comunidad de Santa Ana de Valladolid, y con ello recordar la difusión de la espiritualidad de la Recolección Cisterciense emprendida por la Comunidad de Santa Ana, aventura que en breves años hizo crecer lazos de fraternidad manifestados en intercambios artísticos y una destacada promoción de temas comunes, entre ellos el culto a Cristo Yacente como expresión de devoción eucarística. Un buen ejemplo es el lienzo del yacente eucarístico (hoy en el Museo Episcopal de Málaga) casi diríamos, copia del modelo vallisoletano que plasmó Mateo Cerezo y sus derivados en nuestra ciudad.

En el centro de Málaga, a la sombra de la “Manquita” permanece el monasterio cisterciense de Santa Ana, tras unos años de incertidumbre sobre su destino, la Cofradía del Santísimo Sepulcro, que venera al Santo Cristo Yacente, rinde culto a su imagen titular en la Iglesia y Coro en donde durante tantos años elevaron sus plegarias la Comunidad Cisterciense.

Es todo un signo de fraternidad espiritual que nos motiva a valorar la proyección que la Comunidad que nos acoge, ha tenido a lo largo de los siglos.

El yacente de Santa Ana de Málaga, tiene sus concomitancias con nuestro modelo, impronta presente en otros conventos cistercienses de la Recolección de San Joaquín y Santa Ana (Gregorio Fernández talló la imagen para el Convento del Sacramento) y la vinculación a la sensibilidad malagueña, manifestada en un canon algo menor que el natural, una expresión más contenida del dolor y la huella de la muerte, y una disposición del cuerpo menos inerte.

Os relato estos detalles porque me resultó muy grato poder comprobarlos y sentirme acogido por la Cofradía malagueña que manifestaron una gran alegría al conocer esta relación entre Valladolid y Málaga, el Císter y el Yacente. Podréis encontrarles todos los días del año en su sede (frente al teatro romano) y en la iglesia de Santa Ana, a la vuelta de la calle, preguntad por Manuel o José María, y seréis acogidos con afecto. Hay una fraternidad por descubrir entre quienes honramos a una misma imagen titular, y lo hemos sentido en otras partes.

Hasta aquí esta pequeña anécdota. Sirva para valorar lo que tenemos y el epicentro de nuestra espiritualidad como algo grande, tenemos la suerte de rendir culto a una imagen clave en la espiritualidad cisterciense. Si en otras ocasiones os he recordado las raíces bíblicas de nuestra imagen y de su significado en nuestro Credo, en este año, os animo a poner esa dosis de sano orgullo y compromiso que tiene saberse Cofrade del Santo Entierro en Valladolid, lugar de raíces y frutos.

El Santo Padre nos invita a pensar en qué se ha apagado en nosotros el fuego del amor. Si así es nos anima a “emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.”

Y concluye su mensaje: En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu», para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.

Que así arda nuestra luz en esta próxima Semana Santa.

Guillermo Camino, Consiliario

Vengo ante ti, Cristo Yacente

Vengo ante ti, Cristo Yacente, Señor
de mis días, mis luchas y mis penas.
Que la Sangre y el Agua de tus venas
laven mi ser por tu ofrenda, tu dolor.

Dame, oh Dios, tu mirada, dame tu amor.
Que tu sacrificio rompa cadenas
de envidia, de odio y de injustas condenas.
En la noche oscura alumbra mi temor.

Guíame en la procesión de la vida.
Que tu luz sea el farol que me despierta,
si tu Alma halla la mía adormecida.

Y que me guarden en la Fe cierta
los que ya ven la Luz amanecida
y un día me trajeron a tu puerta.  

AMÉN.

Miguel Ángel González Expósito